ANA ROMERO · Peluquería & Belleza

Caminamos para escuchar el silencio

El Autor

Rigoberto López Honrubia

Profesor de Psicología de la Salud en la Facultad de Enfermería

Recibimos el silencio como un gran viento fresco que dispersa las nubes. 

Gros, Silencios.

A medio comer, para ir a recoger a un amigo senderista, salimos por la carretera de Ayora sin perder tiempo ya que el sol se pone pronto. El día es muy frío, y vamos pertrechados como corresponde. En nuestras mochilas hay alguna prenda de abrigo, comida, agua, y un poco de vino para la merienda. He añadido un  componente energético, carne de membrillo, que hace mi suegra en la lumbre.

Ya en el campamento base, dejamos el coche e iniciamos la marcha. El objetivo es el Puntal del Conejo, termino de Jarafuel. La etapa la ha planteado mi compadre con sus mapas y su “nene” (GPS), de 10 km y dificultad media.

Al poco de empezar decidimos cambiar la pista por el campo a través, y seguimos un vallejo  en donde hay una fuente,  hasta la base del puntal. Tenemos que subir a 1.100 metros. Vamos entrando y saliendo del vallejo  porque a tramos está saturado de maleza, pero como lo hemos pillado con ganas,  ascendemos con rapidez.

Voy abriendo la trocha y me sigue Manuel sin problemas, ¡bueno, un culatazo al tropezar en unas raíces!, y espoleado por ello,  empieza a tirar él en esta parte más exigente, de cortados y pendientes.

Poco a poco empiezo a sentir mi corazón más rápido, más fuerte en mis oídos, empieza a faltarme el aire, sudo más de la cuenta… hasta que pido un descanso. A medio de reponerme…continuamos…y otra vez…sudo con profusión, angustioso, estoy teniendo una “pájara”, las piernas casi no me responden, me estoy hiperventilando… Nueva Parada… soy consciente, aceptando, necesito recuperar mi ritmo… agua, sol, y un poco de carne de membrillo que nos sabe a gloria y me ayudan a culminar.

Arriba,  más sosegados, andamos por la cuerda del Boquerón, y ante tales vistas de picos y valles, se me olvida las dificultades pasadas: El Castillico, El Palomera, la Hunde, la Sierra de La Caballa, el Mugrón, Meca, más lejos hasta la sierra de Javalambre con nieve, y abajo tierras de labor de la Manchuela y algunos pueblos y aldeas.

Las fotografías son de Manuel Adel Martínez-Vergara.

Buscamos el punto más alto del Puntal del Conejo, y ahí, junto a un “centro de coordinación de molinetas”, nos sentamos al carasolete para tomar un bocado y, extasiados, vamos compartiendo los presentes, y como no, ¡un tomate con sal, regado con vino joven!… mientras hablamos de los primitivos, de rebaños de animales salvajes, de cuevas y chamanes, de la recompensa del esfuerzo, y hasta de novela negra. Y de cómo ¡cada etapa nos sorprende, nos gratifica!

Entre risas, poniéndonos unas gafas  del baúl de los recuerdos con las que parecemos intelectuales de izquierda, mandamos un wasap al tercer andarín para darle envidia por lo que se está perdiendo.

Hasta que apremiados por la inminente puesta del sol, retomamos la marcha, sacando prendas de nuestras mochilas, y nuevamente vallejo abajo, que nos lleva hasta un cuco fuente, Fuente Juay, para continuar en una preciosa senda que, sobre farallones, ladera toda la montaña que hemos subido, y con los tonos rojizos del horizonte nos dirigimos al punto de inicio, nuestro coche.

Y ahora, ya de noche, avistando un cielo tintineante en sintonía con el fresquito que pega, tenemos que estar atentos para no ver ovnis. Y para reponernos, en Alatoz, entre caballas y boquerones, chocamos nuestras  copas con un joven blanco de la Santa Cruz de Alpera. Luego, nos dirá el nene que hemos subido los tres primeros kilómetros con un desnivel de 350 metros en algo menos de una hora.

Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo