ANA ROMERO · Peluquería & Belleza

Ginkgo Biloba, un fósil viviente

El Autor

Dr. Alejandro Santiago González

Conservador del Jardín Botánico de Castilla-La Mancha

www.jardinbotanico-clm.com 

Estamos ante lo que, en términos coloquiales, podría considerarse el tío abuelo de pinos y abetos ya que, al igual que ellos, es una gimnosperma, pero con 150 millones de años. Un auténtico “fósil viviente”.

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Es dioico pues sus sexos se encuentran separados en individuos distintos. Los árboles femeninos producen una semilla blanda y de textura carnosa marrón amarillento que al madurar se torna grisácea y suele confundirse con una drupa, algo parecido a una ciruela.  Curiosamente, para los humanos el penetrante perfume de esta semilla nos recuerda al vómito, lo que claramente desaconseja su consumo en crudo, pero quizás hizo las delicias de los dinosaurios que la consumían con apetito.

Aunque el nombre de Ginkgo procede del japonés, deriva de una transcripción al Kanji de un vocablo chino. En una leyenda china aparece como yah-chio, pies de pato, haciendo clara referencia a sus hojas divididas en dos lóbulos (de ahí su epíteto específico biloba = dos lóbulos).

Este árbol de curiosa hoja caduca es originario de China y Japón donde se conoce como albaricoque plateado. El hábitat silvestre de esta especie quedó oculto para la ciencia hasta principios del siglo XX en el que el botánico americano F. Meyer, al sur del río Yangtze Kiang, se topó estupefacto con un bosque de Ginkgos que se consideraban extintos en la naturaleza y en el que algunos ejemplares alcanzaban los 2.500 años.

Precisamente, estas hojas con nervios en abanico, presentan un alto contenido en glucósidos, flavonoides y terpenoides. Dichas sustancias se comportan como antioxidantes y anticoagulantes que evitan la formación de trombos en los lechos de la microcirculación. Tales características confieren un interesante carácter medicinal al Ginkgo, que es de utilidad en la terapia contra el alzhéimer y las pérdidas de memoria, pues favorece el riego cerebral y la circulación periférica.

Es una especie que merece nuestra atención y no solo por su extraordinaria longevidad y antigüedad sino por ser un portador de esperanza, ya que un  Ginkgo que hundía sus raíces a tan solo un kilómetro del lugar donde la nefasta bomba de Hiroshima sembró la destrucción y la muerte, comenzó de nuevo a brotar al año siguiente de la explosión trayendo la esperanza de vida renovada ante tanta devastación.

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