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La increíble historia del inventor de los Rayos X portátiles

El Autor

Juan Javier Andrés

Periodista económico

Pocos descubrimientos han tenido un mayor impacto en el mundo de la medicina y han supuesto un mayor avance para el conocimiento humano que los Rayos-X, gracias al alemán Conrad Röntgen, que le valió el Nobel de Física. Aquella gran revolución de finales del siglo XIX, que permitió descubrir el interior del cuerpo humano sin necesidad de abrirlo, alcanzó pocos años después otra dimensión con el primer aparato de Rayos-X portátil.

Fotografía: Electro Therapy Museum.

Su inventor fue un manchego, Mónico Sánchez (1880-1961), oriundo de la pequeña localidad de Piedrabuena (Ciudad Real), toda una carrera de tesón, valentía, capacidad de sacrificio y emprendimiento que le permitió volar desde un pequeño negocio de ultramarinos en San Clemente, apenas a 68 kilómetros de Albacete, a codearse con los magos de la electricidad del momento, Edison y Tesla, en plena Nueva York de principios del siglo XX.

Ahora que muchas de las virtudes que rodean la historia de nuestro protagonista parecen perder importancia en la sociedad actual, no conviene perder de vista muchas de sus enseñanzas.

De orígenes muy humildes, Mónico Sánchez supo sobreponerse al futuro que, por su condición social y económica, le tenía reservado el destino en aquella España de 1900. A base de trabajo y esfuerzo, pasó de ser un mero chico de los recados en un comercio en Fuente el Fresno (Ciudad Real) a tener su propio negocio de ultramarinos en San Clemente (Cuenca).

Pero su inquietud y sus sueños no se detuvieron en la pequeña localidad conquense y los incipientes inicios de la electricidad se cruzaron en su camino hasta el punto de abandonar su estabilidad, vender su establecimiento en 1901 y viajar a Madrid para hacer un curso de electrotecnia a distancia, pagado en libras y completamente en inglés.

En un ejemplo de no arrugarse ante las dificultades, Sánchez supo seguir este curso en un idioma que desconocía y eso tampoco fue obstáculo para emprender una de las mayores travesías de la época, cruzar el charco y viajar a Nueva York, la meca de la electricidad, con apenas sesenta dólares en el bolsillo, en busca de su sueño. Ya como ingeniero desde 1907, título obtenido en suelo estadounidense, y siempre con la obsesión por crear cosas prácticas como bandera, inventó el primer aparato portátil de Rayos-X de la historia.

Museo de Medicina de Chinchilla.

Su invento, de apenas diez kilos de peso, revolucionó la medicina del momento dado que el aparato también tenía aplicaciones de electroterapia y cauterización y su fácil transporte permitía a los médicos atender con mejores recursos a sus pacientes. Por ejemplo, fue utilizado en la Guerra Civil española y en la Primera Guerra Mundial, prueba de su incontestable éxito.

Sin embargo, la biografía de nuestro protagonista volvería a dar muestras de su incansable afán por esquivar su destino y tras conquistar América regresó a su pueblo, de apenas 4.000 habitantes, para construir el primer laboratorio de electricidad de España y continuar la fabricación de su invento, un proyecto que sólo cuajó a medias por culpa de la guerra civil que asoló nuestro país. Aunque este intrépido manchego seguiría hasta el final de sus días haciendo gala de su capacidad de innovación, inconformismo, tenacidad y valentía.

Museo de Medicina de Chinchilla.

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