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Sida, una incomprensible intolerancia

El Autor

Elías Rovira Gil

Profesor de la Facultad de Enfermería de Albacete

Siempre ha venido siendo una enfermedad con múltiples aristas. Desde el descubrimiento del virus, que requirió que, en 1987, los entonces presidentes de Estados Unidos, Ronald Reagan, y el primer ministro francés, Jacques Chirac, firmasen un comunicado conjunto para poner algo de paz. ¡Ellos! ¡en el mundo de la ciencia! Suena a chiste si no fuera porque la cosa no era para broma. Malos tiempos, y en 1995 se fundó el Comité Ciudadano Antisida de Albacete (CASA). La infección por VIH y el sida, siempre han requerido de mucha ciencia, pero también de reivindicaciones. Desde aquellos primeros tiempos, todo ha ido a mejor, ¡qué duda cabe!

En el plano de la ciencia, todo ejemplar: ha venido siendo modelo de cómo notificar casos, de cómo llevar un registro estatal riguroso, de cómo atender protocolariamente en la clínica, de cómo ir avanzando en conocimientos, supervivencia y calidad de vida.

No se podría decir lo mismo del plano social. Parte de la comunidad que sigue propugnando, o cuando menos, desarrollando una incomprensible intolerancia. Parte de la comunidad, que en base a creencias o ideologías no paran de cuestionar las medidas de prevención de las que disponemos. Parte del tejido empresarial que continúa con despidos o analíticas secretas…

Igualmente, la prevención a nivel social siempre ha sido un problema. Desde los tiempos en que una condena a cárcel venía a ser sinónimo de una condena a contagio por VIH hasta nuestros días, todo son trabas. Al pertenecer parte de las formas de contagio a los mundos tabúes de la droga o el sexo, ¡qué difícil se ha hecho todo! Hoy todavía siguen inflando las listas de infectados jóvenes que no se protegieron en sus prácticas homo o heterosexuales. Tal vez porque hoy todavía, se siguen encontrando barreras para la educación. Hay información (a veces poca y mala) pero no existe educación, en el sentido de conseguir cambios de conductas.

ONUSIDA se ha propuesto acabar con la pandemia para el 2030, pero o nos lo tomamos en serio, con criterios científicos y de absoluta realidad, o será una oportunidad perdida.

Si en muchos lugares del mundo, el lema de este 1 de diciembre “mi salud, mi derecho” dice mucho de por dónde se debe avanzar, en lugares donde la salud es hoy por hoy un derecho prácticamente universal, la idea es que se siga manteniendo ese pleno derecho. Esto pasa sin duda por implementar en centros públicos la prescripción y cobertura de uno de los grandes avances de los últimos años: la profilaxis preexposición, más conocida como PrEP. Se trata de una medicación diaria para personas con riesgo manifiesto de contraer la infección y cuya eficacia ha quedado sobradamente probada (con sus lógicas limitaciones). Como toda inversión en prevención, en principio puede parecer costosa, pero a medio y largo plazo, acabaría con mucho sufrimiento y terminaría por ahorrar en costosos tratamientos de por vida, hoy necesarios para las personas infectadas.

Ojalá y pronto llegue al gobierno de turno la sensibilidad necesaria para su implantación.

Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo