ANA ROMERO · Peluquería & Belleza

¿Tú crees que se muere ya?

El Autor

Miguel Romero

Especialista en Pediatría y Cardiología Infantil

H ace ya tanto que ni recuerdo cuándo vi por primera vez esta pintura, que de entre las “médicas”, es de las que más me intriga y conmueve.

Vamos a mirar y analizar bien esta escena pediátrica, a describir lo que vemos, y a deducir cada uno lo que cree que está pasando y pasará.

Y como la verdad no existe, tal vez ni en la mente del pintor, pues podemos inferir de un cuadro aspectos que ni él mismo pretendía plasmar, trataremos de argumentar cada uno nuestra historia, como si de la visión de una instantánea real se tratara. Y por lo menos, que  “se non è vero, è ben trovato”.

Os resumo su historia: es el “El Doctor”, del realista británico Lukes Fildes,  realizado en 1891 por encargo del empresario azucarero Sir Henry Tate, sí, has leído bien, el de la Tate Gallery, donde se encuentra colgado. Lukes, que había perdido a uno de sus hijos, de un año, de tuberculosis, agradecido por los cuidados que tuvo del doctor Gustavus Murray, quiso agradecérselo de esta guisa, aunque la cara del doctor la sustituyó por la suya, y la estancia nada que ver con la de un pintor que ya era famoso y rico.

Y ahora a pensar, a deducir, a divagar novelándolo. Empiezo yo.

Un infante, de unos 3 años, para algunos una niña, yace en un jergón improvisado con dos sillas, arropado, pálido, con la boca entreabierta. La tuberculosis pulmonar infantil, lejos de ser ésa de toses y esputos sanguinolentos, propias de las cavernas tuberculosas abiertas, tan del XIX, tan bien descritas en la romántica “Montaña mágica” de Mann, es más bien de infiltrados neumónicos diseminados, como granos de mijo, sin hemorragia hacia la luz de los bronquios. Encaja. No vemos rastros de sangre, tan difíciles de limpiar, ni en su ropa ni en la de cama, ni en el paño de la bacina. Tiene pues una tuberculosis miliar.

La palidez, la propia y multifactorial de la anemia de las enfermedades crónicas.

La boca algo abierta, en su debilidad, le facilita la inspiración al bajar la resistencia a la entrada del aire, y en la espiración, aumenta la resistencia evitando el colapso de las pequeñas vías aéreas, seguramente muy afectadas.

Ya no tiene fiebre, está muy abrigado, tal vez incluso está frío. Puede que esté en la hipotermia previa a fallecer, por bajo gasto cardiaco, por redistribución de la perfusión periférica, por fallo de los mecanismos de control de la temperatura,…

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Debe de estar muriéndose. Le notan frío, y le abrigan pretendiendo confortarle.

Ya existían hospitales antituberculosos, pero a él lo tienen en casa, tal vez por no poder pagar los padres su internamiento, o que por desahuciado se lo hubieran traído ya.

El médico que lo atiende, bien vestido, tampoco les resultaría barato. El refranero nos recuerda  bien cuánta ruina podía traer a la familia una enfermedad.

Es de noche. Por la luz tan blanca y tenue de la ventana, no es atardecer ni amanecer. Es luz de luna.

Probablemente sea antes del alba, momento crítico, por ser valle en el circadiano pulso hormonal.

Y no está en una cama. Tal vez ésta estuviera en una alcoba interior contigua, y mientras era de día, improvisaron un lecho en la única estancia con luz natural. Ahora ya, creyendo que no pasa de esa noche, que no hay riesgo de que se caiga de tan estrecho camastro, no le devuelven a la cama.

La madre está desconsolada, apartada, no está a su lado. ¿Qué raro verdad?

Ha perdido toda esperanza, está derrumbada, no quiere ver el final.

La mano del padre le consuela, mientras mira al galeno, como esperando le certifique lo que espera.

Y éste, pensativo, impotente, entre tierno y frustrado, está ya inactivo.

Ni le toma el pulso, seguro que débil y filiforme, ni le alivia de secreciones respiratorias, que seguro tendrá. No lleva instrumental alguno, ni siquiera un estetoscopio, que perfeccionado por Laennec  ya era de uso habitual en esos tiempos. No vemos tampoco un termómetro, que gracias al vicario Sir Thomas Clifford tres décadas antes, ya era de tamaño reducido, muy portátil y preciso. Sólo le vela, con cariño.

En la mesa, además del té, una pócima. Aunque hacía diez años que se había demostrado el bacilo de Koch como el causante de la enfermedad,  tardaría mucho en aparecer los primeros  fármacos antituberculosos.  Tal vez remedio para la fiebre, para la tos,…

Mi conclusión: esperan que en breve exhale.
Pero… ¿por qué no están los padres a su vera en vez del médico?
Creo que el autor ha encarnado en la figura del doctor, la suya, la del padre, en un todo.
Al fin y al cabo, el pediatra no es sino la prolongación del padre, en lo que éste desconoce de la medicina.

Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo