• El indescriptible dolor del crucificado

    Cada detalle de la crucifixión pretendía alargar la agonía

    La muerte por crucifixión a la que se enfrentó Jesucristo es difícil de describir. Y es que, tal y como explica el doctor en Enfermería Elías Rovira, pocas muertes hay tan agónicas. Todo tenía una explicación, desde la postura, que dificultaba la respiración, hasta los clavos, que se ponían en las muñecas y en los pies para alargar el sufrimiento.

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    El condenado a muerte por crucifixión se sujetaba con los brazos por encima de su cabeza, es decir, se dejaba suspendido. Se hacía con clavos o cuerdas, en el antebrazo o en las muñecas, ya que en las manos no funcionaría. También se clavaba de los pies para prolongar la agonía.

    Cuando el cuerpo está suspendido en crucifixión, el propio peso del cuerpo, colgando de los brazos algo abiertos, hace que la inspiración sea pasiva y que la espiración sea activa, justo al contrario de como debe ser.

    Así, recuerda Rovira que, durante unos primeros instantes, hay fuerza suficiente para realizar dicha espiración, pero, poco a poco, el proceso va fallando. El anhídrido carbónico se va acumulando en la sangre y se empiezan a producir graves efectos en el organismo. Tampoco el oxígeno acabará llegando debidamente a la sangre. El condenado intentaba producir espiraciones; para lo que se apoyaba en los pies, aumentando el tremendo dolor en la zona y alargando la terrible agonía.

    Si los verdugos querían acortar el proceso y asegurarse de la muerte, optaban por dos acciones: o fracturaban las piernas del reo o directamente clavaban una lanza en su tórax, produciendo un colapso del pulmón.

    «En según qué casos se podían producir hemorragias, choque neurogénico por dolor, contusiones cardiacas …», recuerda Rovira al explicar las consecuencias de la muerte por crucifixión.

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