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    Médicos de la sexta promoción de la Facultad de Ciudad Real cuentan su periplo hacia “la mejor profesión del mundo”

    El Autor

    Sonia Tortosa González

    Periodista

    El 14 mayo, cincuenta y siete estudiantes de la Facultad de Medicina de Ciudad Real ponían un punto y aparte en su largo e intenso proceso de formación, el 11 de junio le llegará el turno a los de Albacete. En su acto de graduación hubo de todo, pero sobre todo, mucha emoción. “Fue un poco extraño por las medidas COVID. Sólo pudimos llevar a un familiar y únicamente estaban presentes 37 profesores. Incluso la beca nos la teníamos que poner nosotros antes de subir al escenario”, cuenta María Gijón Rodríguez, una de las graduadas y una de las delegadas de la promoción. Ella llevó a su hermana para no someter a sus padres a semejante decisión. Sin embargo, cuenta el resto de egresados, las madres ganaron por goleada. Afortunadamente, el evento se puso seguir online.

    médicos facultad ciudad real
    Juan, María, Dulce y Carlos celebrando el final de una etapa. Ya son médicos recién salidos de la Facultad de Ciudad Real.

    Compañerismo

    Como destaca Carlos Campo Beamud,  “dentro de lo malo hemos tenido suerte, porque lo pudimos celebrar y compartir con nuestros compañeros el momento”. Con sus colegas, con la familia y con algunas autoridades sanitarias como el consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha, Jesús Fernández Sanz, el rector de la Universidad de Castilla-La Mancha, Julián Garde, y la decana de la Facultad de Medicina, Inmaculada Ballesteros, entre otros. No faltaron, eso sí, los flamantes y orgullosos padrinos de la promoción, los doctores Alberto Martínez Calero y Prado Sánchez Caminero.

    Explica  Juan Francisco Vázquez Rodríguez, otro graduado y el otro delegado de curso, que “lo más bonito del acto fue constatar cómo se han creado vínculos entre los estudiantes y profesorado y cómo se ha fomentado el compañerismo”, y eso es mucho decir teniendo en cuenta este insólito último año, absolutamente impensable cuando empezaron sus estudios. Pero hasta a eso ha sabido hacerle frente esta sexta promoción de estudiantes e incluso sacarle su parte positiva.

    Un año difícil

    Dulce Martínez Cámara recuerda que “se ofrecieron voluntarios para echar una mano cuando empezaron las prácticas pero muchas veces no podíamos, y cuando subieron muchos los casos nos mandaron para casa. Es cierto que se han perdido muchas prácticas, pero el resto de la formación se ha desarrollado sin problema e incluso la mayoría ha sido presencial”.  Además, “hemos tenido la suerte de tener prácticas porque en otras universidades no han tenido esa oportunidad”, aunque era extraño. “En el hospital y en los centros de salud, la situación no era la misma. Llegar y ver solo un teléfono y estar  cinco, seis, siete horas llamada tras llamada… El lado bueno es que Dulce, por ejemplo, afirma haber aprendido mucho del trato con el paciente por teléfono: “Hemos tenido contacto con él, nos hemos interesado por él, hemos podido tratarle y consolarle. Sí hay una parte humana detrás del teléfono”. Además, como dice Carlos “era una situación única y hemos vivido situaciones curiosas impensables. Cuando estábamos en Medicina Interna, si alguna vez íbamos a la zona de covid, impactaba; una vez en pediatría me tuve que poner un EPI y eso no lo harías nunca en unas prácticas normales”.

    Una universidad de éxito

    A estas alturas, nadie duda que la Facultad de Medicina de Ciudad Real es un buen lugar para formarse. De hecho, en la octava edición de su ranking, la Fundación de Conocimiento y Desarrollo sitúa a la Universidad de Castilla-La Mancha entre las 13 facultades de Medicina con más «tasa de éxito» de España. Así, junto con la de Albacete, está en el grupo de alto rendimiento en los diferentes parámetros que mide esta fundación. Destaca su tasa de graduación, la gran demanda y el bajo índice de abandono. Además, en la convocatoria del pasado año obtuvieron plaza MIR el 98% de los estudiantes de la Facultad de Medicina de Ciudad Real y el 87% de los del Albacete.

    El secreto

    Dulce opina que la clave del éxito no es que te enseñen más que en otra Facultad, sino que te enseñan constancia. “Estás un día sin estudiar y ya sientes que te has quedado atrás, te inculcan esa actitud desde el principio: estudia, estudia, estudia…y al final eso nos ayuda”. También es cierto que te pierdes muchas cosas de tu vida y hemos aprendido a compaginar. Juan destaca, por otra parte, “la buena comunicación entre el decanato y el alumnado que nos ha permitido coordinarnos, por ejemplo, en este año de pandemia. Hubo otras facultades que no sabían ni cuándo iban a ser los exámenes y en nuestra facultad se supo con tiempo. También es verdad que es un sistema muy estricto y reglado, y permite muy poquitos cambios, cuando se desajusta algo, como con Filomena, se desajusta el damero”.

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    Sexta promoción de médicos de la Facultad de Ciudad Real

    Profesores y amigos

    Aun así, han pasado por alto todos los obstáculos con la ayuda del profesorado. Es verdad, añade Carlos, “que ‘nuestros profes’ estuvieron súper atentos, y dentro de que estaban saturados intentaban dar las clases. El de urgencias, por ejemplo, nos hacía vídeos de cómo teníamos que hacer las maniobras, practicaba con sus hijos, muy bien…”.  Igualmente es destacable que, “al ser tan pocos alumnos, la cercanía con los profesores era muy estrecha, algunos se han convertido en amigos. Están muy pendientes y si hay algún problema se acercan, te aportan soluciones, si muestras interés por un servicio ellos mismos se ofrecen para guiarte…”.

    Por el contrario, en el lado negativo, “está el tener tantas horas de clase, porque después tienes que estudiar o entrenar”, como es el caso de Carlos que es deportista de alto rendimiento a nivel de Castilla-La Mancha. Aunque esté cambiando en los últimos años, tampoco ven con buenos ojos el que las clases sean obligatorias. “Estamos en la universidad y cada uno sabe si tiene o no que ir, es capaz de decidir”.

    Vocacionalmente, médicos

    Los cuatro son médicos por vocación. Dulce empezó Enfermería porque tenía la nota muy justa para Medicina, tenía que irse al norte y no quería. “Me gustaba y estaba muy a gusto pero algo en mí me decía que yo tenía que ser médico. Aunque sea un año más estoy muy contenta con mi decisión”. María desde muy pequeña sintió la llamada. “Mi abuela tuvo una operación muy grande y nadie se atrevía a curarle los puntos salvo yo. Y luego, con las series de médicos lo mismo, empecé a decir que me gustaba y era lo que quería hacer. Es una carrera muy constante, son muchos años y tienes que tener la seguridad de que te gusta, que te quieres dedicar a esto porque si no se hace un poco ‘bola’”.

    “De pequeño estaba muy seguro que quería hacer Medicina, era más convicción que vocación y más mayor me empecé a plantear otras opciones sanitarias, igualmente válidas, pero aquí estoy, y no lo cambio por nada”, cuenta Juan. Por su parte, Carlos tuvo claro siempre que quería ser médico. “En la ESO tenía la intención de ser médico militar, pero una vez que entras en el  ejército ya no puedes salir, y estar atado tampoco me apetecía. En cuarto de carrera me fui a Togo, a un centro de salud y ese año vinieron también representantes de Médicos sin Frontera a contar su trabajo, y ambas experiencias me atraparon mucho. El optar por la vía civil me daba esa opción”.

    Un reto complicado

    Lógicamente, en muchas ocasiones, han sentido tentaciones de tirar la toalla, como María, que en su primer año, cada vez que iba a la cama se decía: ‘Lo dejo’, o Dulce, que se preguntaba: ‘¿Por qué no me habré cambiado de Enfermería?’. “Después cuando acabas tercero, empiezas cuarto y piensas: ya voy por la mitad; te ves como más fuerte, ya puedo con todo, empiezas en el hospital a todo ritmo, ves las cosas distintas”, continúa Dulce.

    “Los primeros años se me hicieron muy duros porque son las asignaturas básicas y es como volver al instituto, muy teórico, bioquímica, estadística… pero luego se empieza a tomar contacto con la profesión y es distinto”, coinciden los cuatro.

    Una cura de humildad

    Lo más duro de la carrera, opina María, es que “somos gente que venimos de sacar 10, 10, 9… cuando entras aquí te das cuenta de que ya no brillas tanto como antes. Yo nunca he suspendido y cuando llegué aquí lo primero que saqué en una práctica de anatomía fue un 3 y dices: ‘Ay Dios mío, yo no sirvo’; cambiar ese chip me costó bastante”. Juan corrobora: “Eso es un problema de los estudiantes de Medicina, somos muy autoexigentes y tenemos que estar siempre a tope y a veces hay que asumir errores, bajar un poco al suelo. Este modelo te hace fuerte”. Carlos añade que en “segundo tuvieron una asignatura que juntaba anatomía, histología y fisiología. Si suspendías no podías pasar de curso. En un primer examen saqué un 2,7 en el  siguiente examen sabía que tenía que remontar, estudié a tope y saqué un 3,5…  lo veía irremontable, no sabes qué hacer porque piensas que vas a tope y no es suficiente”.

    También hay que vivir

    Afortunadamente, todos tienen  la sensación de que no han renunciado a nada, simplemente, han aprendido a organizarse. “Más o menos hemos hecho lo mismo que otros universitarios, pero hemos aprovechado mejor el tiempo. Por ejemplo, cuando tienes un examen el viernes sabes que tienes después 48 horas para vivirlas a tope, porque al final tienes que vivir, es tu vida, tu juventud. No puedes estar seis años enteros solo estudiando, sin amigos…”, dice María. También es verdad, comenta Carlos, que nuestro sistema nos ofrece muchas opciones. Si en algún módulo la lías, tienes otros tres para arreglarlo. Si no, te vuelves loco…”.

    Y ahora, el MIR

    Tras un merecido descanso, empieza (o continúa) su preparación para el examen MIR. Toca  “encerrarse en una habitación durante horas, y más ahora que nos han dicho que la academia va a ser online, con poco contacto con nuestros compañeros. Pero bueno, es algo que al final tenemos que hacer y hemos podido con seis años, cómo no vamos a poder con esto. Es muy parecido solo que con más horas de estudio”, reflexiona Dulce. María lo ve como el “sprint final; hemos estado seis años que nos han costado sudor y lágrimas y de todo, estos próximos seis meses, me esfuerzo mucho, mucho, mucho, ojalá lo consiga y se acabó…”.

    El futuro

    Entre estos estudiantes tenemos a un futuro traumatólogo, Carlos, dos intensivistas que quieren lidiar con las urgencias y la UCI, María y Dulce, y a un pediatra o neurólogo… aún por definir. No les importaría formarse en Ciudad Real  porque estarían como en casa, aunque a Dulce, por ejemplo, le apetece volver a su tierra, Jaén. A Juan le atrae Valencia y el norte, y a Carlos, Toledo. “Soy de Ciudad Real, he estudiado aquí y me gustaría salir, trabajar en Médicos sin Fronteras unos años, y luego, por supuesto, volver a mi tierra”. María también quiere invertir algunos años de su vida en países en vías de desarrollo. Con todos sus claroscuros, conscientes de que hay mucho que mejorar, están seguros de que Medicina “es la mejor profesión del mundo”.

    Hemeroteca

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