• Muerte de Ricardo Corazón de León

    El Autor

    Dr. José María Manuel García-Osuna y Rodríguez

    Académico-correspondiente de la Real Academia de Medicina de Asturias. Doctor en Medicina. De la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas

    El legado papal (papa Inocencio III, ha.1161-1198-1216) Pierre de Capoue comprende la cólera del angevino [Ricardo Corazón de León, nombre que proviene de su dinastía como duques de Anjou] y huye de la corte temiendo perder sus atributos masculinos.

    (“E ne retomast por sa croiz, Qu’il i cuidast perdre les coiz”. Histoire de Guillaume le Maréchal).

    La reina Leonor de Aquitania va a intervenir ante su hijo Ricardo, a favor del obispo Philippe de Dreux, el cual fue llevado a su casa para hablar con la reina-madre pero intentó escaparse, entrando por la fuerza en una iglesia buscando asilo, fue sacado, manu militari, y el rey Ricardo ordenó que lo llevaran al castillo de Chinon para poder ser vigilado más estrechamente. 

    El legado papal llega al campamento del rey Felipe II Augusto de Francia y subraya que el rey Ricardo “no es un cordero, sino un león”, el rey de Francia le indica que vuelva al campamento del Plantagenêt, pero el legado se niega en redondo muerto de miedo y debe ser substituido por el obispo Aubry de Humbert de Reims, para conseguir la tregua ofrecida por Ricardo; convencido por el caballero anglonormando Guillermo el Mariscal [según el arzobispo de Canterbury Stephen Langton,1207-1228: “El más grande caballero que jamás vivió”. c.1145/1148-1219], Corazón de León acepta la tregua el 13 de enero de 1199: “pronto, da órdenes a Guillaume le Queu: las guarniciones de los castillos devueltos a Felipe Augusto no deberán poder obtener ni quitar nada de las tierras vecinas. La tregua consentida despreocupa a Ricardo de Normandía y le permite dedicarse a otras tareas” (J. Flori. “Ricardo Corazón de León”).

    En 1199 Bertrán de Born incita a Ricardo a ir a la guerra para vengarse de los felones barones poitevinos y limusinos. “Querría que el rey Ricardo fuese adivino, que hiciese la travesía para venir hasta aquí, que supiera qué barones le traicionan y cuáles le son fieles, y que la enfermedad que hace y hará cojear el Lemosín es un tumor que le perjudica”  (“Be-m platz car trega ni fis”. Bertrán de Born. G. Gouiran, editor). En marzo Ricardo está cercando el castillo de Châlus-Chabrol, que pertenece al conde Aimar de Limoges.

    Ricardo participa en la primera fila

    El asedio que realiza Mercadier [el gran condottiero y paladín de los Plantagenêt, guerrero aquitano fallecido en el año 1200]  y sus routiers o mercenarios se prolonga hasta que en la guarnición sólo quedan cuarenta hombres. Los zapadores minan las murallas, los ballesteros y los arqueros hacen llover todo tipo de flechas y Ricardo participa en la primera fila de estas operaciones, según era su costumbre.

    Alcanzado en el hombro izquierdo, Ricardo saluda y felicita al tirador despreciando la herida

    La noche del 26 de marzo, después de cenar, Ricardo contempla como están las obras de zapa, esa noche sólo hay un defensor en las murallas, protegido por un escudo  ridículo y burlesco (¡una sartén!); Ricardo Corazón de León admira la proeza de aquel individuo, Jean Sabraz, que se atreve a dispararle desde una almena. Ricardo se acerca para aplaudir al audaz soldado, no lleva armadura, ya que no va a combatir, sólo está protegido por su casco y un escudo, que porta un sergent delante de él; es alcanzado en el hombro izquierdo, Ricardo saluda y felicita al tirador despreciando la herida, al llegar al campamento anima a sus soldados a continuar el sitio. ¡Había recibido tantas heridas en Tierra Santa! 

    La muerte

    La madera del dardo se rompe y el hierro se queda dentro de la herida. El cirujano le extrae el hierro con dificultades, además la higiene del acto quirúrgico es mala, la asepsia descuidada y la antisepsia es desconocida y bien que se burlaban de ello los médicos musulmanes, que todavía se sorprendían, en el siglo XII, de que los cristianos se curaran de las heridas de los combates.

    Se niega a obedecer las prescripciones del médico

    Ricardo I Corazón de León de Inglaterra es el rey por antonomasia y se niega a obedecer las prescripciones del médico, el rey inglés estaba ya debilitado por los años, por los combates y los excesos de todo tipo, en estos momentos presenta, asimismo, un importante sobrepeso; la herida se infecta y se gangrena; el rey llama a su madre que está en la Abadía de Fontevraud, la anciana Leonor acude para poder recoger el último suspiro de su hijo preferido.

    Pierre de Milon, el abad de Pin, recibe su confesión y le administra la extremaunción. Desde su lecho de muerte Corazón de León perdona al autor del tiro mortal. Devuelve sus poderes y tierras al último hermano, varón, vivo Plantagenêt, Juan sin Tierra, lega a su sobrino, el emperador Otón, las tres cuartas partes de su fortuna y sus joyas y reparte el cuarto restante entre sus criados y los pobres.  

    Toda la herencia imperial y continental de los Plantagenêt queda en manos del último de los hijos varones de Enrique II Plantagenêt de Inglaterra y Leonor de Aquitania, los demás han ido muriendo poco a poco: Guillermo, Enrique el Joven, Godofredo de Bretaña y ahora Ricardo Corazón de León, obviamente Juan no estará siempre a la altura esperada y no podrá defenderla. “Nous, qui provenons du diable, reviendrons au diable” (Giraud de Barri o Giraud le Cambrien, siglo XII. “Richard Coeur de Lion”).

    Análisis y testimonios

    El cuerpo del rey Ricardo I Plantagenêt “Corazón de León” de Inglaterra irá a Fontevraud para ser enterrado junto a su padre [Enrique II de Inglaterra], pero su corazón será llevado a la capital de Normandía, Rouen. Ricardo Corazón de León va a morir la tarde del 6 de abril de 1199.

    “(El rey de Inglaterra) sitió un castillo del conde de Angulema que llamaban Nontron y le obligó a la rendición. En efecto, cuando los víveres se agotaron en el castillo, los sitiados mandaron mensajeros al rey para pedirle que tuviera misericordia y les perdonara la vida. El rey se mantuvo insensible a la piedad y se negó a concederla, pues quería obtener sólo por la violencia lo que los asediados le ofrecían de buenas maneras, aunque fuera un poco obligados; tal vez olvidó que en casos semejantes la desesperación engendra peligros. Un joven llamado Jean Sabraz, que estaba sobre la muralla del castillo, disparó al azar un cuadrillo de su ballesta y, pidiendo a Dios que acertara y librara así de la opresión a los sitiados inocentes, lanzó su flecha. El rey, que había salido de su tienda, oyó el rumor fatal de la ballesta. Para evitar el golpe, bajó la cabeza y agachó el cuerpo hacia delante, y recibió el golpe mortal en el hombro izquierdo. Quienes se encontraban con él cuando murió cuentan que reclamó con insistencia a quien lo había tocado de muerte. Éste fue llevado hasta él temblando; se postró a sus pies y le pidió misericordia llorando; el rey le concedió su paz por su valor, le perdonó su herida y su muerte y prohibió que los suyos lo molestaran por esa desgracia” (Guillaume de Canterbury. “The Chronicle of the Reigns of Stephen, Henri II and Richard I”, siglo XII)

    Rigord,  un monje de la abadía regia de Saint-Denis, escribe hacia el año 1206 desde un punto de vista proclive a Felipe II Augusto de Francia sobre otra de las causas de la muerte de Ricardo 

    “En el año del Señor de 1199, el 6 de abril, Ricardo, el rey de Inglaterra, murió gravemente herido cerca de la villa de Limoges. Estaba a punto de asediar un castillo que los habitantes de Limoges llaman Châlus-Chabrol, durante la semana de la Pasión del Señor, a causa de un tesoro que encontró un caballero del lugar. Llevado por su extrema ambición, el rey Ricardo exigió que le entregaran el tesoro. El caballero que encontró el tesoro había corrido junto al vizconde de Limoges. Pues bien, mientras el rey asediaba el castillo y lo atacaba cada  día con ardor, un ballestero disparó de improviso un arquillo de ballesta e hirió de muerte al rey de Inglaterra, que al cabo de pocos días tomó el camino que toma siempre la carne. Según dicen, el tesoro en cuestión consistía en estatuas de oro puro que representaban a un emperador a la mesa con su esposa, sus hijos e hijas, testimoniando para la posteridad la época en la que vivían”.

    Un ballestero, con su arte, su brazo, su tiro, su fuerza, lo abatió todo

    Roger de Hoveden no es muy favorable a Ricardo Corazón de León, en su relato incorpora un epitafio que resalta la providencialidad del tiro de ballesta. “Veneno, avaricia, crimen y líbido monstruosa, apetito vergonzoso, orgullo exacerbado, avaricia ciega han reinado dos veces cinco años. Un ballestero, con su arte, su brazo, su tiro, su fuerza, lo abatió todo”.

    Pero el cronista mejor informado es un testigo directo del asedio, era el capellán de Ricardo, Milton abad de Pin (monasterio del Císter situado a unos diez kilómetros de Poitiers):

    “Raoul de Coggeshall relata el testimonio recibido: En el año 1199 de la encarnación del Señor, en la época de Cuaresma, después de una conferencia que reunió a los dos reyes [de Francia e Inglaterra] en vistas al restablecimiento de la paz, se firmó finalmente una tregua entre ellos para un cierto tiempo. En esta ocasión, al rey Ricardo le pareció oportuno conducir, durante la Cuaresma, a su ejército contra el vizconde de Limoges; éste, mientras los dos reyes estaban en guerra, se había sublevado contra él, el rey de Inglaterra su señor, y había firmado un tratado de alianza con el rey Felipe”.

    “Algunos dicen que se había hallado un tesoro de incalculable valor en las tierras del vizconde y que el rey lo había mandado venir y le había ordenado que se lo entregara. Como el vizconde se había negado, despertó mayor animosidad del rey Ricardo contra él. Cuando devastaba, con fuego y hierro, las tierras del vizconde, sin saber siquiera si abstenerse de las armas en ese tiempo sagrado [de Cuaresma], llegó a Châlus-Chabrol, sitió una torre y la atacó con furor durante tres días, ordenando a sus subordinados que zaparan la torre para hundirla, lo que aconteció a continuación”.

    “En la torre no había caballeros ni guerreros aptos para defenderla, sólo algunos sirvientes del vizconde que esperaban en vano la ayuda de su señor. Éstos no pensaron que fuera el rey en persona quien los sitiaba, sino tal vez alguien de su mesnada. Así pues, el propio rey les atacó con ballesteros, mientras que los demás perforaban zapas, y casi nadie se atrevía a dejarse ver en las murallas de la torre, ni a defenderla de ninguna manera”.

    “Solamente de vez en cuando lanzaban desde lo alto de la muralla grandes piedras que caían con estrépito y asustaban a los sitiadores, sin abatir a los mineros ni impedirles que continuaran con su obra, pues estaban protegidos por todas partes por su artilugio. La noche del tercer día, es decir, al día siguiente de la Anunciación de Santa María, el rey Ricardo, después de comer, se acercó a la torre con los suyos, con toda confianza, sin armadura, sólo con su casco de hierro; y atacó a los sitiados, según su costumbre, lanzándoles tiros y flechas”.

    Dio al rey en el hombro izquierdo, cerca de las vértebras del cuello

    “Un hombre armado, durante todo el día, antes de la comida, había estado apostado en las almenas de esa torre y había recibido todos los tiros sin ser herido, protegiéndose con una sartén. Pues bien, ese hombre, que había observado con atención a los asaltantes, reapareció bruscamente. Tensó su ballesta, arrojó rápidamente su cuadrillo en dirección del rey, que lo miraba y aplaudía. Dio al rey en el hombro izquierdo, cerca de las vértebras del cuello, de suerte que el tiro fue desviado hacia atrás y fue a clavarse en su costado izquierdo en el momento en que el rey se inclinaba hacia delante, pero no lo bastante como  para protegerse con un escudo rectangular que llevaban delante de él”.

    “Tras recibir la herida, el rey Ricardo, siempre con un valor admirable, no exhaló ningún suspiro, ni dejó oír lamento alguno, ni ver en su rostro y su actitud ningún abatimiento  que pudiera, en ese momento, entristecer o asustar a quienes estaban a su lado, ni dio a sus enemigos ánimos por esa herida a mostrarse más audaces. Luego, como si no sintiera ningún daño [hasta el punto que la mayoría de los suyos ignoraban la desgracia que le había ocurrido], entró en su alojamiento, que estaba cerca. Allí arrancó la flecha de su cuerpo rompiendo la madera; pero el hierro, de un palmo de largo, quedó dentro de su cuerpo. Mientras el rey estaba acostado en su alcoba, un cirujano, de la infame casa del impío Mercadier, cortó el cuerpo del rey a la luz de las antorchas y le hizo heridas graves, incluso mortales. No le fue fácil hallar el hierro hundido en aquel cuerpo obeso; y cuando dio con él, lo pudo sacar con gran violencia”.

    Las llagas empeoraron y ennegrecieron, hinchándose más cada día

    “Con cuidado, aplicaron bálsamos y emplastos a las heridas; pero las llagas empeoraron y ennegrecieron, hinchándose más cada día, hasta arrastrar a la muerte al rey, que se mostraba incontinente y no tomaba en cuenta las prescripciones de sus médicos”.

    “Por miedo a que la noticia de su enfermedad se divulgara demasiado rápidamente, la entrada en la alcoba donde estaba acostado estaba prohibida a todo el mundo, excepto a cuatro personas entre las más nobles, que entraban libremente a verle. No obstante, desconfiando de su curación, el rey llamó por carta a su madre, que se encontraba en Fontevraud”.

    Su cuerpo, vaciado de sus entrañas, fue transportado a los monjes de Fontevraud e inhumado

    “Se preparó a la partida por medio del saludable sacramento del cuerpo del Señor Jesucristo, después de confesarse a su capellán, quien le administró el sacramento del que se había abstenido desde hacía siete años, por respeto, según dicen, de un tan gran misterio, pues sentía en su corazón un odio mortal hacia el rey de Francia, Felipe Augusto. Perdonó de buen grado a su asesino la muerte que le había infligido; así, el 6 de abril, es decir al cabo de once días de ser herido, murió al final del día, después de ungirse del aceite santo. Su cuerpo, vaciado de sus entrañas, fue transportado a los monjes de Fontevraud e inhumado allí, junto a su padre, con los honores regios, por el obispo de Lincoln, el domingo de Ramos (11 de abril de 1199)”.

    Un cuadrillo envenenado causó la muerte del mejor príncipe del mundo

    Guillermo el Mariscal  también transmitió al cronista (año 1220) de su Historia los recuerdos que tenía del hecho: “El rey Ricardo descendió al Lemosín para castigar al vizconde y tomar sus castillos; sitiaba uno de ellos [que se llama Lautron] cuando recibió, de un ministro del diablo, cuyo nombre no interesa, un cuadrillo envenenado que causó la muerte del mejor príncipe del mundo”.

    Raoul de Diceto tampoco habla de tesoros (año 1202) y relata con brevedad: “Ricardo, rey de Inglaterra, después de reinar nueve años, seis meses y diecinueve días, fue alcanzado por una flecha de Pierre Basile el 26 de marzo en el castillo de Châlus, del territorio de Limoges, en el ducado de Aquitania. Después de ello, un martes, el 6 de abril, este hombre dedicado a las obras del dios Marte acabó sus días junto  a ese mismo castillo. Fue enterrado en la abadía de Fontevraud, a los pies de su padre, el rey Enrique [II] de Inglaterra”.

    Ricardo I Plantagenêt “Corazón de León” de Inglaterra murió como lo que era, uno de los príncipes más eximios del Alto Medioevo y deseoso de hacer reinar el orden feudal en sus tierras, quizás como duque de Aquitania más que como rey de Inglaterra y, sobre todo, como guerrero-cruzado y como rey-caballero. ¡Y así lo vieron sus contemporáneos!

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    -PARIS, M.  (Edited H. R. Luard, siglo XIX) (2012): Chronica Majora, Volume 2, A.D. 1067 to A. D. 1216. Cambridge University Press.  

    -GARCÍA-OSUNA RODRÍGUEZ, J. Mª. M. (2013): MONOGRAFÍA. Revista Merindad de Tudela. 

    Post Scriptum. Utilizo tres cifras cronológicas para reyes, papas y emperadores, la primera su nacencia, en segundo lugar su ascenso al trono y la tercera su paso a mejor vida.

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