• Médicos residentes y la universidad de la vida

    El neurólogo Tomás Segura, jefe de servicio y profesor, reflexiona sobre los médicos internos residentes y la imprescindible universidad de la vida.

    El Autor

    Tomás Segura Martín

    Jefe de Servicio de Neurología

    Dicen que uno se da cuenta de que ha envejecido cuando al mirarse al espejo por la mañana reconoce a su padre. A mí hace ya años que algunos pacientes me identifican como hijo de quien soy. Y en otro orden de cosas hace también algún tiempo que observo en mí algunos de los antiguos tics que tenía mi ex jefe Manuel Zorita. Por ejemplo, la manera de sentarse en la mesa en las sesiones clínicas o el segundo de tiempo de más en contestar a una pregunta lanzada al aire que pareciera que solo el director puede responder.

    residentes Tomás Segura
    Inauguración de la Unidad de Ictus.

    Uno se da cuenta de que ha envejecido cuando al mirarse al espejo por la mañana reconoce a su padre

    Un servicio médico hospitalario es como una familia numerosa. Están los progenitores, que son el jefe y algún adjunto más veterano, los hermanos mayores, los adolescentes, especialistas con pocos años de profesión o con cierto complejo de Peter Pan, y los niños, representados por los residentes. Y más o menos las cargas de trabajo son parecidas a las de la familia tradicional, si se exceptúa el caso de las guardias.

    En este escenario, la cosa cambia, y son los niños, quiero decir los residentes, los que llevan el peso fundamental de la faena, si bien es cierto que la situación varía mucho de unas familias a otras. Por ejemplo, en la mía actual los padres y sobre todo los hermanos mayores son mucho más protectores que aquella en la que yo me crié hace 25 años en un hospital de Madrid. Pero también allí como ahora la sesión clínica de las ocho permite relatar los ingresos y algunas altas, y desde luego plantear el proceso diagnóstico y terapéutico de los pacientes. Para los residentes es un momento clave, porque aprenden a orientar bien un enfermo y a imaginarse todo el proceso de evolución hospitalaria tal y como sus mayores lo entienden. También porque pueden llover las críticas si algún ingreso hecho el día anterior no está justificado.

    Hay que decir que por lo general un médico residente intentará ingresar a la mayoría de los pacientes que su dignidad profesional le permita, porque no hay nada que dé más miedo cuando uno empieza en esto de la Medicina que equivocarse y mandar a casa a una cefalea tontorrona que en realidad enmascara una hemorragia subaracnoidea, o un adormecimiento de la mano derecha que no se debe a una mala posición en el brazo sino al debut de una esclerosis múltiple.

    Un ingreso hospitalario supone un elevado desembolso para nuestro esforzado sistema público de salud

    Como los jefes saben esto, de alguna manera tratan de coartar al novato en sus desaforadas intenciones con preguntas más o menos inquisitivas sobre el origen del ingreso y críticas más o menos veladas sobre la oportunidad o no del mismo. Es cierto que en mi familia actual esto se hace con poca acritud, y que conocí sitios donde la censura era brutal, pero la pregunta siempre existe y la presión también.

    Y así debe seguir siendo, porque un ingreso hospitalario supone un elevado desembolso para nuestro esforzado sistema público de salud, que desde hace ya algunos años camina sobre el alambre con riesgo evidente de que cualquier pequeña racha de viento pueda derribarlo de manera estrepitosa…

    residentes Tomás Segura
    Junto al Dr Zorita.

    La auditoría moral de un jefe de servicio es casi la última línea defensiva que se mantiene en pie, y espero que continúe así por muchos años.

    Me acordaba yo de todo esto hace unas fechas, al terminar alguna de estas sesiones en las que cuando todo el mundo sale a veces pienso si quizá no me estaré pasando con el tema de los admitidos y las altas. Y como aplicarse a uno mismo lo que uno está exigiendo a otros es una buena receta psicológica, me paré a pensar por un momento en mis angustias de residente y fue entonces cuando recordé esta anécdota que ahora voy a contarles. 

    La anécdota

    residentes Tomás Segura

    Tendría yo a la sazón 26 o 27 años, y seguramente era una de mis primeras guardias de neurología en solitario. Me encontraba en ese año difícil en el que la mitad de tus guardias las haces como médico general en la puerta de urgencias, tratando de convencer a los especialistas de la pertinencia de tu consulta a ellos o de la necesidad de que ese paciente en concreto ingrese en su servicio, y la otra mitad al otro lado de la trinchera, precisamente como uno de esos médicos de última decisión, es decir el especialista de guardia.

    El paciente era un anciano -probablemente muy anciano puesto que hablamos del barrio de Salamanca en Madrid-, y el caso era el típico cuadro de desorientación y confusión que el médico de la puerta quiere atribuir a alguna especie de mágica evolución neurológica de gran interés, aunque suceda sobre un enfermo ya diagnosticado de demencia, y el neurólogo por el contrario siempre achaca a la imprescindible infección de orina.

    El caso es que yo intentaba dar el alta al paciente con un poquito de cotrimoxazol, pero la familia, que ya tenía problemas para el manejo basal del anciano, opinaba sin duda que mejor pasara unos días en observación bajo la experta mirada y cuidados de los sanitarios del hospital.

    Un caso rutinario, vamos, y en el que lo importante era convencer a los cuidadores de que el alta no era descabellada y se trataría de tan sólo unos pocos días de mayor supervisión pero en el domicilio habitual del paciente, lo que sin duda asegura mejor su estabilidad cognitiva.

    Armado de valor y temeroso del juicio de Dios que podía venírseme encima al día siguiente si finalmente no tenía otro remedio que ingresar al enfermo, llamé a través de megafonía a la familia hacia la sala de información de la observación de urgencias.

    La familia

    A los pocos minutos penetraron en la habitación tres personas de mediana edad, dos mujeres y un hombre. Yo, aunque joven e incauto, ya tenía un año de entrenamiento en el trato con pacientes y familiares, el servicio militar completado antes de la residencia y una cierta elocuencia que por fortuna y hasta la fecha nunca me ha abandonado. Así que comencé mi labor de convencimiento explicando todas las pruebas que le habíamos realizado al paciente, cómo habíamos descartado patología grave y por qué pensaba que realmente el enfermo estaría mejor en casa, en su ambiente natural y al cuidado de su familia, que en una fría sala de hospital.

    Mientras hablaba miraba a los ojos a mis interlocutores y rápidamente comprobé que las dos mujeres torcían el gesto, mientras el varón asentía continuamente con la cabeza. Así, fue natural que a los pocos minutos yo ya prácticamente solo me dirigiera a él, explicando por qué aunque su deteriorado cerebro ahora le impedía contener sus esfínteres, el antibiótico iba a mejorar en pocos días la situación, por qué pese a que ahora tuviera dificultades para tragar sólidos, unos días de pasa-puré solucionarían el problema y, en definitiva, por qué yo creía que no había inconveniente mayor para poder ser dado de alta desde urgencias.

    El hombre que asentía

    La complicidad entre nosotros dos era tan grande, el hombre asentía con tanta convicción y me daba la razón con tanta franqueza, que al acabar mi discurso hice tan solo una pausa de un segundo para a continuación sin esperar respuesta añadir, “bueno, pues nada, voy a decirle a las auxiliares que lo vayan vistiendo y ustedes ya pueden acercar el coche hasta la puerta de urgencias que un celador lo acompañará a la salida; allí pueden hacerse cargo de él y por supuesto yo les voy a dar un informe para el médico de cabecera, un tratamiento antibiótico y si en dos días el curso evolutivo no es el esperable pueden volver a ponerse en contacto con nosotros”. Un discurso redondo.

    No hay mejor universidad que la vida

    Fue en ese momento cuando hablaron las mujeres. Con tono amargo comentaron, “bueno doctor, si usted lo dice, nos lo llevaremos a casa, pero francamente no lo vemos tan claro como usted…”

    Y entonces, volviéndose enfadadas y al unísono hacia su supuesto hermano, le espetaron: “y usted, anda que bien se ha enterado usted de la vida y milagros de nuestro padre”. El tipo encogió los hombros y yo quedé estupefacto. “Pero cómo, es que no es usted hijo o yerno de este señor?, pregunté; “yo, no, doctor, yo he venido aquí con mi madre. Llevo en esa sala de espera ya 5 horas, y hace un momento me juré a mí mismo que en cuanto llamaran a alguien yo que me metía para dentro a ver si conseguía información sobre mi familiar. Y aquí que he estado esperado pacientemente a que ustedes acabaran para ahora preguntarle, por favor, puede decirme cómo está Aurora Ruiz?” Ni qué decir tiene que no era yo el médico de Aurora Ruiz, ni pude ayudar a aquel hombre. Pero al menos aquello sí me sirvió entonces y para siempre: nunca más, tras llamar por megafonía a los familiares de un paciente, he empezado mi discurso sin preguntar primero de todo si son ustedes los hijos de fulanito.

    Moraleja

    Y es que como seguramente habría refrendado Don Pablos, no hay mejor universidad que la vida, ni mayor título que la experiencia. En esa filosofía estoy a punto de doctorarme.

    Pd- El próximo mes de mayo alumbraremos por vez primera parto gemelar en neurología. Espero que nos mostremos tan capaces como hasta la fecha supervisando la familia numerosa.

    Aquí puede consultar las publicaciones relacionadas con el Dr Tomás Segura Martín

    Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo

    Un comentario

    1. Habida cuenta del discurso creo firmemente que te ciñes a la realidad, igualmente tu espontaneidad, no deja de sorprendernos gratamente a diario. Enhorabuena a todo el servicio de Neurologia que como padre, tienes la obligación de cuidar como una familia

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