• Torpezas del día a día de un médico

    El Autor

    Francisco Martín Ros

    Médico de Atención Primaria

    Decía Santiago Ramón y Cajal que “lo peor no es cometer un error, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza o ignorancia”. Deduzco de lo entrecomillado que, probablemente, don Santiago no pertenecía al selecto grupo de médicos que nunca se equivocan. 

    Lo que a continuación voy a relatar sucedió en un pueblo de la sierra hace muchos años, y aunque no se trata de un error médico sensu stricto, sí que entra en la categoría de conducta inadecuada por mi “ligereza o ignorancia”.

    CLINICA BAVIERA

    Sobre las tres de la tarde me dieron un aviso a domicilio. Lo daba una mujer a la que yo no conocía por no pertenecer a mi cupo. Al llegar a la casona de planta baja y ver la puerta abierta, costumbre habitual en los pueblos, entré. En el recibidor había albañiles y pintores en plena faena, montones de grava en el suelo y hasta una hormigonera que no paraba de dar vueltas. Lo primero que pensé es que me había equivocado de casa, pero al instante uno de los pintores gritó:

    – ¡Ya está aquí el médico!

    Un muchacho apareció de repente y me condujo hacia donde se encontraba la paciente. Tuvimos que sortear bidones de agua, pilas de ladrillos, sacos de cemento, tablones de madera y todo tipo de obstáculos, hasta llegar a una habitación grande, pobremente iluminada pero decorada de manera sorprendente: sillas con montones de ropa apilada, una vieja máquina de coser, dos bicicletas sin manillar, útiles de labranza, enormes cacerolas y sartenes colgadas del techo, una motocicleta “montesa”, cubos, trapos, escobas y, por fin, una aparatosa y enorme cama de matrimonio.

    La enferma no estaba sola en la cama

    Mi silencioso estado de asombro se incrementó repentinamente cuando observé que la enferma no estaba sola en la cama. Junto a ella, y ambos tapados con un grueso edredón, había un hombre de unos 50 años con un gran bigote tras el que escondía una sonrisa entre simpática y displicente.

    – Mi mujer -dijo señalándola con un ligero meneo de cabeza-. Salió del hospital hace una semana y lleva un par de días con fiebre.

    –  ¿Y usted qué? ¿También tiene fiebre? -respondí no dando crédito a lo que veían mis ojos.

    – No por Dios. Yo estoy bien, gracias -añadió el hombre con la mayor naturalidad.

    Haciendo acopio de una calma que se me escapaba solicité el informe de alta hospitalario. En ese instante, y como si dispusiese de un resorte, el hombre se incorporó levemente y gritó:

    – ¡Nene, tráele al médico los papeles del hospital!

    Los ojos se me salían de las órbitas. ¿Qué clase de marido tiene esta mujer que llama al médico para que la vea y lo recibe acostado con ella en la cama a las tres de la tarde, y encima no para de dar órdenes a voz en grito en vez de colaborar un poco?

    Tras la lectura del informe y la exploración pertinente -siempre mirando de reojo al marido- solicité la tarjeta de la Seguridad Social de la paciente. De nuevo, y casi sin darme tiempo a terminar la frase, gritó:

    – ¡Nene, tráele al médico la cartilla de tu madre!

    No pude aguantar más. La actitud de este hombre, a todas luces injustificada, había colmado mi paciencia. Así que, dirigiéndome a él con un indisimulado enojo, le dije:

    – ¡Pero hombre de Dios! Haga usted el favor de cooperar un poco, en vez de estar ahí metido en la cama dando órdenes a los demás.

    La prudencia debe imperar siempre en todos nuestros actos

    Y fue exactamente en ese momento cuando cometí el error. Una vez más se demostró que la prudencia debe imperar siempre en todos nuestros actos. Porque debí haber sido más observador y haberme fijado en todos los detalles. De haber obrado con menos “ligereza o ignorancia”, como advertía don Santiago, me habría percatado de que, bajo el edredón, donde supuestamente debieran adivinarse sus miembros inferiores, no había nada por la sencilla razón de que se los habían amputado. Pero cuando caí en ello ya estaba escuchando la resignada respuesta a mi impertinente comentario:

    – No puedo, mire usted, no puedo -dijo señalándose las inexistentes piernas con la sonrisa borrada de sus labios.

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