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Vacunas, como su propio nombre indica

El Autor

Juan Javier Andrés Engo

Periodista económico

Fiel a su cita con el otoño, esta semana empieza la vacunación contra la gripe, como bien adelantaba “Diario Sanitario” este mismo lunes. Sistema eficaz en la prevención de enfermedades, pocos avances científicos han ayudado a salvar tantos millones de vidas humanas a lo largo de la Historia y, sin embargo, sus orígenes escapan tan menudo de la cultura general, aun cuando éstos han quedado grabados eternamente en su propia palabra: vacuna. Por ironías del destino, las vacas fueron las protagonistas de un descubrimiento que cambiaría para siempre la lucha contra muchas enfermedades.

En pleno asedio de la viruela, que en aquellos tiempos del siglo XVIII era una enfermedad de consecuencias atroces para la Humanidad, un médico rural inglés, Edward Jenner, se percató de que las campesinas que ordeñaban vacas nunca la padecían porque estaban inmunizadas gracias a un virus parecido, la viruela de las vacas, que sólo se daba en estos animales y era mucho más benigna que la humana. Tras mucho estudio, supuso la que se considera la primera vacuna de la Historia. “El 14 de mayo de 1796 se la inyecté al niño a través de dos cortes superficiales en el brazo, cada uno de los cuales tenía la anchura de un pulgar” escribió por entonces aquel facultativo, que consiguió romper para siempre las costuras de la medicina y acabar con la mortal moda de la época de inyectar viruela humana en personas sanas para tratar de inmunizarlas.vacu

Pero, como todas las revoluciones, también el descubrimiento de Jenner pasó por un tortuoso camino de dificultades y obstáculos. No tuvo la opinión pública y médica de su parte, hasta el Papa León XIII la prohibió en los Estados Pontificios, e incluso en Inglaterra se llegó a asustar a los vacunados con que les crecerían “cuernos bovinos en la frente”. Pero los resultados acabaron desarbolando estos miedos y temores hasta el punto de que el presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, envió una carta de agradecimiento a este médico; en Francia, Napoleón obligó a vacunar a sus tropas; en Inglaterra, el Duque de York hizo lo propio y en Rusia, la emperatriz ordenó que el primer vacunado del país se llamase Vacinoff y tuviese una renta vitalicia a cuenta del gobierno.

En esta historia, como no podía ser menos, también se coló un español. Como aborda Javier Moro en su última novela, A flor de piel, el médico alicantino Francisco Javier Balmis, por encargo de Carlos IV, comandó una expedición con veintidós niños que llevó la vacuna de la viruela a las antiguas colonias de América a principios del siglo XIX, y contribuyó sobremanera a que se universalizará esta práctica. El resto es historia, y parte de esa historia evoluciona cada año con el inicio de las vacunaciones.

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