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Médicos con alma de escritor

Gregorio Marañón.

“Es un caso bien claro de pseudoleprea, o ictiosis, una afección de la piel que le da apariencia de escamas, fea y obstinada, pero posible de curar y, desde luego, no infecciosa. Sí, míster Holmes, la coincidencia es muy notable”. Así acaba “La aventura del soldado de la piel descolorada”, una de las decenas de obras que tienen como protagonista al detective más célebre de la historia, Sherlock Holmes.

No es mera coincidencia que su inseparable compañero, el doctor Watson, sea médico de profesión dado que el escritor de las famosas aventuras, el británico Arthur Conan Doyle, estudió Medicina, ejerció de doctor y después de diez años se especializó en oftamología en Viena a finales del siglo XIX. Su caso no es el único. Muchos escritores se pusieron antes la bata de médico, se empaparon de las entrañas y del funcionamiento del cuerpo humano y estudiaron enfermedades, síntomas y remedios para combatirlas antes de abandonar el estetoscopio y el hospital y dedicarse plenamente a la literatura.

Arthur Conan Doyle.

El Día del Libro, que se celebra el 23 de abril con el pretexto infundado de conmemorarse la muerte de Miguel de Cervantes y William Shakespeare, nos sirve de excusa para bucear en esas biografías que aunaron el intrincado sendero de la ciencia con el poco agradecido mundo de las letras. Nadie supo explicar esta simbiosis de forma tan clara como el ruso Antón Chéjov, cuando escribió que “la medicina es mi mujer legítima, y la literatura, mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra”.

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El mundo de la literatura ha arrojado, con el paso del tiempo, muchos ejemplos de todo tipo, unos más estrafalarios que otros. Grandes nombres de las letras como James Joyce, André Breton, Bertolt Brecht, Paul Celan o Henrik Ibsen empezaron a estudiar Medicina pero, en muchos casos, su falta de compromiso y gusto por la profesión les obligó a abandonarlos. En cambio, uno de los máximos exponentes de la generación del 98, Pío Baroja sí acabó los estudios de Medicina, remató su trayectoria académica con una tesis doctoral sobre el dolor e incluso llegó a ejercer en la pequeña localidad guipuzcoana de Cestona, antes de coger la pluma para siempre.

Pío Baroja.

E incluso el destino también quiso que en otros casos se hilvanasen ambos mundos. El escocés Archibald Joseph Cronin llevaba ejerciendo once años de galeno hasta que una dolencia gástrica le apartó del hospital y le retuvo en una cama, escenario que le permitió dar rienda suelta a su imaginación para escribir novelas como La ciudadela o Las llaves del reino, luego llevadas al cine y candidatas a los Oscar.

Otros célebres médicos y hombres de ciencia también coquetearon con las letras en pleno y exitoso ejercicio de su profesión. El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, neurólogo, ganó el prestigioso premio de las letras germanas, el Premio Goethe, en 1929. El célebre Gregorio Marañón, médico endocrino, llegó incluso a ser miembro de la Real Academia de la Lengua Española, entre otros cincos reales academias más a las que perteneció. Uno de nuestros Premios Nobel, Santiago Ramón y Cajal, también sacó partido de su lucidez con la pluma y su bibliografía también hace hueco a varias obras literarias.

Es tal el poder y el influjo que las letras han acabado ejerciendo sobre el mundo de la medicina y la ciencia que existe la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas (ASEMEYA). Quizás tengan razón aquellas palabras que escribió Marañón: “el ambiente melancólico en que suele vivir el profesional de la medicina le impulsa a las actividades artísticas como reacción compensadora y saludable. Mil veces se ha dicho y es verdad”.

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