• Davos: de inhóspito sanatorio a cumbre mundial

    El Autor

    Juan Javier Andrés Engo

    Periodista económico

    “Aún había luz. En la lejanía del paisaje apareció un lago: el agua era gris y los bosques de abetos se elevaban por encima de las riberas y a lo largo de las vertientes, esparciéndose, perdiéndose, dejando tras ellos una masa rocosa y desnuda cubierta de bruma. Se detuvieron cerca de una pequeña estación; era Davos Dorf”. No puede haber mejor carta de presentación que estas escogidas palabras de La montaña mágica, de Thomas Mann, que tanta fama mundial le dieron a aquel inhóspito lugar a mediados del siglo XX, para adentrarnos en la ciudad más alta de los Alpes, eternamente marcada por sus 1.650 metros sobre el nivel del mar, hoy gran estación de esquí y cumbre de las cumbres geopolíticas internacionales.

    Davos

    Se trata de Davos, localidad suiza de apenas 12.000 habitantes, situada en el Cantón de los Grisones y que sólo por unos días se cuela cada mes de enero en las portadas de la prensa mundial, atrayendo a más de 2.500 asistentes a su Foro Económico Mundial, la que llaman la tertulia más cara del mundo, concitando en sus nevadas laderas a reyes, príncipes, jefes de Estado, presidentes y consejeros delegados de grandes compañías, actores, cantantes y otros muchos rostros conocidos. Lo que hoy es mundialmente conocido apenas era un lugar abandonado de la mano de Dios a mediados del siglo XIX hasta que el afán de superación de un doctor se cruzó por su camino, lo sacó del anonimato y sólo con el tiempo economía y salud unieron su destino en sus elevadas alturas.

    Alexander Spengler

    Su artífice fue Alexander Spengler, alemán que llegó a Suiza como exiliado político, estudió medicina en Zúrich, consiguió la nacionalidad suiza y, por esas cabezonadas ironías del destino, acabó ejerciendo a mediados del siglo XIX en aquel remoto y casi inaccesible lugar de los Alpes a donde llegó un lejano mes de noviembre de 1853 con apenas 26 años de edad. Sólo su inmensa curiosidad le sacó de esa dura rutina de médico rural de hace dos siglos, siempre azotado por las inclemencias metereológicas, y también le permitió descubrir, con el tiempo, que los lugareños tenían una salud de hierro, apenas enfermaban y no caían en las garras del gran enemigo de la época, la tuberculosis. Aquellas elevadas montañas blancas parecían esconder el remedio a aquella enfermedad mortal en aquellos tiempos y a aquellas cumbres dedicó su vida Spengler.

    En contra de los arcaicos dictados médicos de la época y siempre expuesto a las críticas de sus compañeros de profesión, aquel joven médico puso en marcha su pequeña revolución. Atraer a pacientes a aquel entorno gélido en pleno invierno y construir un balneario en aquellas nevadas montañas para combatir la tuberculosis fueron sus dos grandes cruzadas, acompañadas de curiosos métodos.

    Davos

    «Estabulación»

    El joven doctor prescribía a sus pacientes largas caminatas, suntuosas comidas, tres litros de leche, masajes en el cuello con grasa de marmota, duchas de agua helada y la llamada «estabulación», largas estancias en establos. Después de esto, como el propio Spengler escribió, los enfermos respiran «más fuerte y profundo, el pulso es poderoso y el apetito se ajusta por sí mismo».

    Aunque costó lo suyo, los pacientes llegaron poco a poco a aquel inhóspito lugar, el éxito atrajo al dinero y aquel primer balneario de Spengler y sus revolucionarios métodos sólo fueron el pequeño embrión de lo que llegaría a ser Davos en apenas unas décadas, un gran sanatorio en plenos Alpes. Hoy sigue plagado de balnearios. El sueño de aquel doctor sigue vivo.

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