• El farmacéutico del otro mundo

    Abrir una farmacia en Las 600 es un reto. La mayoría de sus usuarios no sabe leer; hay quien le deja a deber céntimos porque no tiene ni para lo más mínimo y las compras que se salen de la receta son anecdóticas. Y es que Cristóbal Gramage es farmacéutico en Las 600. Tiene la botica en un barrio albaceteño donde el paro supera el 70%. El analfabetismo, la droga y la delincuencia lastran a una población que, sin embargo, respeta a su farmacia como lo que es, un servicio imprescindible para el barrio.

    farmacia Las 600

    Cristóbal Gramage, en la puerta de su farmacia de Las 600.

    Cristóbal Gramage nació en Montealegre del Castillo, allí ejerció como farmacéutico hasta que optó por abrir botica en Almansa, donde reside. Pero en 2009 surgió la oportunidad de abrir en la capital. Eso sí, la farmacia estaría en Las 600, para dar servicio a los barrios de El Cerrico y La Milagrosa, a los más pobres de la ciudad. Llegó mentalizado para todo, curtido por sus cuarenta años de experiencia, pero lo que se encontró le sorprendió.

    Ni robos, ni problemas

    Con el tiempo, Cristóbal se ha dado cuenta de que tiene unos usuarios respetuosos como pocos. Tanto confían en su farmacéutico, que hasta le llevan las cartas oficiales para que se las lea. Ni robos, ni problemas. La farmacia de Las 600 no ha tenido ni un solo incidente más allá de algún drogodependiente nervioso que el farmacéutico ha sabido dominar sin que la situación llegara a más.

    Además, Cristóbal Gramage no está solo en esta aventura que emprendió en 2009. Le acompaña detrás del mostrador Mari Carmen Sevilla, técnico de farmacia que, como el boticario, se ha tenido que acostumbrar a las «peculiaridades» del barrio. Hay vecinos que se toman la tensión hasta tres veces al día, ya que es un servicio gratuito que va acompañado de esas recomendaciones del farmacéutico que tanto tranquilizan. Además, los niños salen y entran como si se tratara del quiosco de las chucherías.

    farmacia Las 600

    Mari Carmen Sevilla atiende a una usuaria.

    En esta farmacia, de 65 metros cuadrados, está todo a la vista, pero en las estanterías no hay cremas caras ni innovadores tratamientos. Eso sí, están las toallitas de bebé más baratas del mercado. Está todo a mano en el que se presupone el barrio más conflictivo, pero la botica no ha sufrido ni un hurto.

    Casi todo  lo que se dispensa son fármacos con receta y pocos son los que tienen copago. Eso sí, cuando hay que pagar, la mayoría tiene dificultades. Sobre el día 10, cuando llega la paga, es el momento en el que los usuarios saldan sus deudas.

    La farmacia de Las 600

    Para el farmacéutico, estos barrios no son peligrosos, pero sí resultan peculiares. De hecho, lo más rentable es la báscula, porque aquí no escatima nadie. Hay quien se pesa tres veces al día y luego le enseña el papel a Cristóbal para que se lo lea, como si el paso de las horas se pudiera llevar algún gramo de más o de menos.

    Siete años después de dar el paso, este farmacéutico no se arrepiente de tener la botica en Las 600, pero sí ha luchado para que el Ayuntamiento le bajara el alquiler. Y es que por un pequeño bajo en un edificio ruinoso ha llegado a pagar 1.400 euros, lo que no afronta ni una farmacia del Centro. Hace un año consiguió que el tributo al consistorio bajara a los 720 euros mensuales.