ANA ROMERO · Peluquería & Belleza

El placer de leer

El Autor

Francisco Martín Ros

Médico de Atención Primaria

Es casi universal la afición por la lectura que sobrevuela entre los profesionales de la medicina. Y no sólo suelen ser buenos lectores, sino que entre sus filas contamos con autores de un gran prestigio. Con independencia de la profesión, sin embargo, cualquier buen lector reconocerá que existen pocas actividades tan accesibles, reposadas y placenteras como la de leer. Casi siempre existe una primera vez, un primer libro o un primer cuento que nos descubre este mundo apasionante. Es en ese momento cuando nos tropezamos con lo agradable y adictivo que puede llegar a ser participar de otras historias siendo espectador de primera fila. Historias que nos hacen sufrir o gozar como si las viviésemos in situ, con personajes fascinantes, circunstancias inverosímiles y terribles, encrucijadas de difícil solución y situaciones conmovedoras, divertidas o dramáticas.

Mi relación personal con la lectura fue tardía. Cuando mis maestros de escuela se empeñaban en que memorizase estrofas de poesías que apenas entendía y que debía entonar correctamente, o cuando nos obligaban a leer en voz alta tediosos capítulos de El Quijote en un lenguaje extraño y poco coloquial, podía pensarse que aquello no constituía un acertado incentivo a la lectura, sino más bien todo lo contrario. Con el paso del tiempo pudimos comprobar que sus maneras no eran desacertadas ya que aquellas técnicas tan simples y primarias consiguieron que la mayoría de nosotros aprendiésemos a leer, que no es otra cosa que capacidad para entender lo escrito, pues afianzarse en la comprensión lectora es imprescindible para caminar por la senda del placer que proporciona la lectura. Primero se aprende a leer, y luego se aprende leyendo.

No recuerdo con exactitud el primer libro que leí, pero, en cambio, sí puedo afirmar con seguridad cual fue el que marcó mi gusto por la lectura. Se trataba de un libro de relatos cortos, “Momentos estelares de la Humanidad”, que me proporcionó mi padre y en el que el autor, Stefan Zweig, relata magistralmente episodios históricos que, de una forma u otra, marcaron en determinados momentos el devenir de la humanidad. El libro fue publicado por primera vez en 1930 y aunque todos los relatos que aparecen en él son de interés y se leen de un tirón, me gustaría resaltar especialmente algunos de ellos.

Así, sobresale el capítulo “La lucha por el Polo Sur” en el que se narran las peripecias del capitán Robert F. Scott en su afán de ser el primero en llegar a esas latitudes. Tras llegar al Polo Sur y constatar que otra expedición, la del noruego Amundsen, se le había adelantado en unas pocas semanas, concretamente el 14 de diciembre de 1911, inició el terrible y trágico viaje de regreso, lo que constituye la base del relato. Que la historia está llena de contradicciones lo corrobora el hecho de que, a pesar de la exitosa hazaña de Amundsen, éste no recibió los elogios merecidos, primero porque el propio noruego ocultó su plan de conquistar el Polo Sur -el objetivo por el que había recibido la financiación que temía perder era para llegar al Polo Norte y cuando supo que exploradores norteamericanos lo acababan de lograr, cambió de plan en tan secretas circunstancias que hasta una parte de su tripulación desconocía el cambio de objetivo-, y segundo, porque la terrible tragedia que vivió la expedición de Scott en el viaje de vuelta tuvo tal impacto en la sociedad de entonces que ensombreció el éxito de su rival.

Otro capítulo de sumo interés que se lee con febril avidez es “El minuto universal de Waterloo”. Cuenta Zweig cómo hay determinados personajes históricos que en un preciso y decisivo momento de su existencia tuvieron en su mano cambiar el rumbo de la historia, hecho que no se materializó por no estar el protagonista a la altura de las circunstancias. Esto fué lo que le sucedió al mariscal francés Grouchy. En junio de 1815 el único y poderoso ejército de Napoleón  estaba presto a enfrentarse a los ejércitos inglés, austríaco, prusiano y ruso. Esta coalición internacional aún no había conseguido reunirse de facto y formaban cuatro frentes diferentes. El objetivo primordial de Napoleón era, precisamente, impedir que se reunieran. Para ello el 15 de junio de 1911 atraviesa la frontera belga y lanza una brutal ofensiva contra el ejército prusiano de Blücher al que obliga a retroceder. Tras tomar un poco de aliento, se prepara ahora para lanzar un segundo ataque, pero esta vez contra las tropas inglesas de Wellington, el viejo enemigo de nervios de acero. El genial estratega francés no pasa nada por alto y previendo todas las posibilidades en el campo de batalla, da órdenes con precisión quirúrgica al mariscal Grouchy para que, al mando de una tercera parte de todo el ejército francés, continúe hostigando a Blücher e impida que éste rearme el ejercito prusiano y pueda unirse al de Wellington. El modo en el que se desarrollaron los acontecimientos siguientes a esta decisión no lo voy a desvelar aquí, pero aseguro que su lectura es, cuando menos, apasionante.

Casi todos los relatos restantes gozan también de gran interés: el dedicado a Núñez de Balboa en “Huída hacia la inmortalidad”, el que habla de “El descubrimiento de El Dorado”, o el que trata del viaje en tren de Lenin de Suiza a Rusia en 1917 bajo el título de “El tren sellado”.

La lectura de “Momentos estelares de la Humanidad”, como he dicho al principio, despertó en mi la curiosidad por la lectura. Tras comprobar mi padre el placer que experimenté con ello, me sugirió que leyese otra obra del mismo autor. Fue ésta la primera novela larga que leí con auténtico deleite. Llevaba por título Conquistador de los mares: la historia de Magallanes” , fue publicada en 1938, y trata de la apasionante aventura que vivió la expedición del portugués, primer navegante que pasó desde el Océano Atlántico al Océano Pacífico dando nombre al estrecho por el que lo hizo. Aquella primera circunnavegación del planeta la inició Magallanes en 1519 y la terminaron Gonzalo Gómez de Espinosa y su primer capitán Juan Sebastián Elcano, tres años después, en 1522. Magallanes no la pudo acabar pues murió en Las Filipinas en 1521. Las calamidades que sufrieron a bordo, los motines que se sucedieron, y las peripecias que tuvieron que solventar, además de hacer de este libro una obra vibrante y conmovedora, justifican que de los 216 expedicionarios que salieron de Sevilla un 10 de agosto sólo volvieran 18, Juan Sebastián Elcano entre ellos.

Como empecé hablando de médicos y de libros, quiero terminar recordando a Don Gregorio Marañón, uno de los grandes pensadores españoles del siglo XX, médico de profesión, que describió lo que en opinión de muchos es la mejor definición de “libro”: “El libro bueno es el amigo que todo lo da y nada pide. El maestro generoso que no regatea su saber ni se cansa de repetir lo que sabe. El fiel transmisor de la prudencia y de la sabiduría antigua. El consuelo de las horas tristes. El que hace olvidar al preso su cárcel y al desterrado su nostalgia. El sedante de los grandes afanes, que va dondequiera que vayamos con nuestro dolor. El mentor de las grandes decisiones. El que ablanda el corazón en los momentos de dureza, o nos vigoriza cuando empezamos a flanquear. Y después de ser todo esto, tiene la soberana grandeza de no hipotecar nuestra gratitud. Una vez leído lo volvemos sencillamente al estante, o lo dejamos olvidado en el asiento de un tren. Es igual. Ni nos guardará rencor si no se lo hemos agradecido”.

Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo