• Relatos de verano: «El último paciente»

    El Autor

    Francisco Martín Ros

    Médico de Atención Primaria

    Viernes, dos y pico de la tarde. Vistos todos los pacientes de la lista. Cuelgo la bata. Por precaución abro la puerta de la consulta para comprobar que no hay nadie esperando fuera. ¡Vaya por Dios! Un hombre sentado justo enfrente de mi puerta con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, mirando al suelo. No lo había visto nunca.

    último paciente

    – ¿Tenía usted cita? – pregunté con mala gana, sabiendo de antemano la respuesta.

    El hombre, girando la cabeza lentamente hacia mí y con voz pausada, respondió:

    – No señor. Pero quisiera hablar con usted. 

    Una vez dentro, sentado frente a mí al otro lado de la mesa, me fijé en él. Llevaba traje oscuro a rayas y corbata azul, de unos 60 años, con pelo cano, bigote perfilado y gafas con moldura metálica. Sin disimular mi prisa y mi malestar por este retraso inesperado le pregunté:

    – ¿En qué puedo ayudarle?

    – No es usted el que me puede ayudar. Soy yo el que he venido a ayudarle a usted. Y, por favor, no me interrumpa hasta que termine de decirle lo que he venido a contarle -, me dijo con absoluta naturalidad.

    Hizo una pausa, y, sólo cuando se aseguró de disponer de toda mi atención y curiosidad, empezó a hablar con una voz suave y agradable:

    -Mire, yo sé que hoy es viernes, que usted probablemente ha quedado a comer con unos amigos, que ya ha terminado la consulta y que tiene muchas ganas de irse. Sin embargo, su caso, como el de todos sus colegas, es especial. En su trabajo no puede bajar la guardia en ningún momento; tiene que estar atento a todo cuanto se le dice desde el primero hasta el último de sus pacientes, tengan cita o no, como es mi caso. No se descuide ni se impaciente. No olvide que trata con personas que depositan en usted su bien más preciado: la salud. Téngalo siempre presente, por favor-. Hizo una pausa, y apoyando las dos manos en los asideros de la silla como para levantarse, añadió:

    – Sólo quería decirle esto, así que no lo entretengo más. Recuerde lo que le he dicho. Y muchas gracias por su atención. Ha sido un placer.
    Se levantó, abrió la puerta y abandonó la consulta. 

    Estuve unos segundos en silencio, pensativo, y sin duda impactado por lo acontecido. ¿A cuento de qué venía eso? ¿Quién era ese hombre al que no había visto en mi vida?

    Último paciente: dolor de barriga

    Unos días después, finalizada la jornada y a punto de salir del centro, se me presentó una joven que solicitaba ser atendida, aunque fuese tarde y sin cita. La culpa la tenía un dolor de barriga. Uno de tantos. ¿O no? 

    Cuando la chica abandonó el centro de salud en ambulancia y en dirección a la puerta de urgencias del Hospital, con un gotero puesto y con un probable abdomen agudo como diagnóstico, habían pasado cuarenta y cinco minutos de mi hora habitual de salida. Pero había valido la pena.

    Caminando por la calle, ya en dirección a mi casa, y pensando en la joven que acababa de derivar a urgencias, me crucé con una persona que, sin dejar de sonreír, me saludó con una leve inclinación de cabeza. Sólo cuando doblé la esquina caí en la cuenta de que llevaba un traje oscuro a rayas y una corbata azul.

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