• «Soy testigo de cómo muchas vidas se van apagando»

    Una enfermera cuenta lo que ha supuesto el coronavirus en la pequeña residencia de mayores en la que trabaja. Cómo ha visto, con impotencia, apagarse una vida detrás de otra. Hasta el 24 de abril habían muerto 832 ancianos en las residencias de la región.

    El Autor

    María del Carmen Valencia del Campo

    Enfermera

    Soy enfermera de una residencia de mayores ubicada en la provincia de Ciudad Real, una residencia pequeñita la cual considero familiar. Antes, el aire que se respiraba en ella era un aire alegre, lleno de actividades, charlas y conversaciones con los residentes. Pero desde que esta oleada llegó a nosotros se respira un aire un tanto excepcional, esas sensaciones se han cambiado por un huracán de tristeza. Florecen pasillos nublados por la soledad, y aislamiento tanto físico como psicológico de los pacientes.

    enfermera residencia
    Imagen de archivo.

    Un día más

    Hoy he trabajado como un día más, sin poder reducir las revoluciones por minuto a las que se encuentra mi cuerpo y mi mente desde hace semanas. Pero no puedo, por más que lo intento. Me despierto por la mañana, intentando agarrarme a lo más hondo de mí, respirando un último aliento de fuerza y esperanza para regresar al campo de batalla nuevamente.

    Pero cada día me pregunto qué tendrá ese ambiente, que, a pesar de ser triste, solitario, y desesperanzador, hace que me ponga ese pijama que me hace dar lo mejor de mí misma, y prestarme de esta manera tan vocacional que esta profesión conlleva, y me dispongo a ir de habitación en habitación tratando de manera individualizada a cada uno de los residentes.

    En cada habitación entro con mi EPI, con más fuerza que nunca, con vitalidad y sobre todo alegría, esa que desde hace un tiempo atrás se desvaneció. Trato de seguir el protocolo implantado en esta nueva situación para evitar los posibles contagios que puede llevar incumplirlo.

    Si hay algo que duele y penetra en lo más hondo de mí es la falta de tiempo que tengo para incluir dentro de mis cuidados de enfermería un poco de afecto psicológico hacia mis pacientes, un poco de esas conversaciones que antes mantenía con cada uno de ellos. Intento hacérselo saber, pero no entienden que ahora por la situación en la que estamos no puedo prestarle esos cuidados tan especializados y tan individualizados. Al escuchar las palabras que ellos me dedican, inevitablemente se me parte el alma y los ojos se me inundan en lágrimas.

    Ellos me salvan a mí

    Puede que sea absurdo, pero cada uno de los residentes a los que cuido me salvan a mí, ya que como se suele decir una mirada vale más que mil palabras. Y con que solo me miren, me sonrían o me hagan una muestra de afecto me dan energía, valor y coraje para seguir luchando día a día contra esto.

    No son números

    Soy testigo de cómo muchas vidas se van apagando llena de impotencia, de cómo se convierten en un simple número, los cuales por desgracia no dejan de aumentar, porque la enfermedad se está cebando en las residencias, y sobre todo con este grupo de riesgo tan vulnerable como es la geriatría.

    El COVID-19, lo ha cambiado todo, y no de una manera física, sino más bien de una manera psicológica, emocional y valorativa. Hasta el punto de que llego a pensar que esto no se está valorando lo suficiente, y eso hace perder la motivación de los profesionales sanitarios, pero no la esperanza, la esperanza permanecerá siempre en mí.

    Nadie te prepara para esto

    Para esto no te preparan cuando decides hacer el “grado en enfermería”, mi profesión es totalmente vocacional, las técnicas se aprenden durante los años académicos, pero psicológicamente y emocionalmente esta situación se aprende con la experiencia. Y estoy segura de que esta será una de las que más me enseñará tanto a nivel personal como profesional.

    Debajo del pijama no hay superhéroes

    Obviamente detrás del pijama verde, no hay un superhéroe sino una persona, con un pasado, un presente, una vida, y un futuro. No tengo miedo de contagiarme, si no de no saber afrontar la situación con la suficiente valentía y coraje que esto requiere, además de resaltar la importancia de la resiliencia que es importante destacar para salir lo más ilesos a nivel psicológico y aprender de todo esto.

    Tengo 27 años y cada día que regreso del trabajo, me esperan mi madre y mi hermano, como aquel que espera el agua de mayo. Tanto ellos como mi pareja me animan cada momento para continuar en esta batalla.

    Cada turno es uno más que pasas con la incertidumbre de saber si estás contagiada. Y de preguntarte una y otra vez si estoy afrontando de manera adecuada está situación tan excepcional.

    Amor y cariño no les falta

    No quiero acabar estas líneas sin dirigirme a los familiares de todos los residentes que luchan cada día junto a mí con esta gran batalla, algunos más o menos comprensibles que otros. Lo que sí quiero resaltar es la fuerte comprensión, respeto y empatía que muestran algunos de ellos y no tanto otros. Aún así seguiré dando lo mejor de mí misma hasta el punto de dejarme la piel y luchar con toda esta batalla hasta el final. Y os puedo asegurar que amor y cariño no les falta a cada uno de ellos.

    En estos momentos, sólo me retumba en mi cabeza una frase de una persona muy importante para mí, mi abuela, la cual en su día me dijo: “Mi niña, has elegido una profesión muy muy dura”. Actualmente no puedo darle las gracias, ya que ella brilla en el cielo, pero así es cuánta razón llevaba.

    Situación de coronavirus en Castilla-La Mancha

    Datos del Ministerio de Sanidad

    Lassus - Asociación de Ayuda contra el síndrome depresivo

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