• Jugártela en la Cueva del Gigante

    El Autor

    Francisco Martín Ros

    Médico de Atención Primaria

    Llegar a la Cueva del Gigante desde los Canales del Taibilla, monte a través, supone una dura caminata de casi dos horas. La entrada a la cueva enfrentada al mar es majestuosa – de ahí su nombre-. Aquella mañana éramos cuatro los intrépidos bachilleres, pero solo dos de nosotros la habían visitado con anterioridad. La longitud y las características de la cueva precisan de materiales apropiados si la intención es aventurarse por sus múltiples vericuetos con una mínima seguridad. No en vano allí se han celebrado importantes campeonatos de espeleología. No era, sin embargo, nuestro caso, pues apenas disponíamos de una linterna y unas pocas velas. A nuestra imprudencia temeraria se le sumaba una animosidad aventurera, resultando de esta mezcla un cóctel poco halagüeño.

    Imágenes del blog «Cumbres de Cartagena«.

    El miedo desencadena unos resortes de agilidad y fuerza que en condiciones normales serían impensables

    El primer traspiés lo tuvo el que compartía conmigo su bisoñez. Para bordear el primero de los lagos interiores de agua semisalada que comunica con el mar, era imprescindible agarrarse cara a la pared, dándole la espalda a la tenebrosa oscuridad de aquella ingente cantidad de agua, deslizando los pies lateralmente por una estrecha repisa en la roca situada a poco más de un metro por encima de la laguna. No recuerdo bien el lugar que ocupaba en aquella cordada sin cuerda, pero sí que en un momento dado mi novato colega dio un grito avisando de su inevitable caída. Ninguno de los que nos manteníamos adheridos como lapas a la pared estábamos en condiciones de girar el cuerpo para identificar al precipitado, y sólo cuando el portador de la linterna apuntó al agua pudimos comprobar que el que había caído ya estaba de nuevo en la pared, chorreando agua como una fuente y pálido del susto. Preguntado cómo había podido subir tan rápido a la repisa sin luz que lo orientara no supo responder, lo que nos llevó a la conclusión de que el miedo desencadena unos resortes de agilidad y fuerza que en condiciones normales serían impensables.

    Cuando pasamos los cuatro y nos enseñó con la linterna la altura a la que estábamos se nos paró el corazón

    Poco más adelante el que hacía labor de guía nos hizo pasar por una pendiente inclinada de algunos metros de longitud y escaso metro y medio de anchura advirtiéndonos de que pegáramos la espalda a la pared vertical y arrastrásemos el trasero por la pendiente con la ayuda de las manos. Todos menos él desconocíamos el abismo al que se asomaba dicha pendiente. Cuando pasamos los cuatro y nos enseñó con la linterna la altura a la que estábamos se nos paró el corazón, pues ese mismo trayecto lo deberíamos hacer a la vuelta con el agravante de que para entonces seríamos conscientes de lo que nos jugábamos.

    Imágenes del blog «Cumbres de Cartagena«.

    Reconozco que a partir de entonces todos mis pensamientos giraban en torno al momento de volver a enfrentarme a aquella tesitura. En efecto, cuando ya de vuelta llegó el temido momento, me tocó pasar en segundo lugar. Nunca he clavado las uñas en el suelo con tanto ahínco como en aquella ocasión. Se me hizo eterno, pero finalmente pude atravesar la pendiente, en medio de un silencio estremecedor.

    El peor momento

    El peor momento se lo llevó el último de nosotros, el de menos peso, que por efecto de la arcilla existente no pudo evitar que su cuerpo resbalase pendiente abajo no menos de medio metro, quedándose a muy poca distancia del precipicio. El grito que dio nos heló la sangre y solo con la serenidad y ayuda de nuestro guía consiguió hacer los movimientos necesarios para salir de aquel atolladero.

    Cuando ya vislumbrábamos la anhelada luz de la salida fue tal nuestra excitación que nuestro buzo aficionado dio un salto golpeando con la cabeza el techo de la cueva con la consiguiente herida y posterior hemorragia que pudimos cortar a base de presionar la misma.

    La guinda del pastel

    La guinda del pastel tuvo de nuevo el mismo protagonista que, en el camino de vuelta, se torció el pie provocándose un esguince de tobillo que nos obligó a hacer demasiadas paradas llegando a Cartagena prácticamente de noche.

    No he vuelto a ir a la Cueva del Gigante y a estas alturas no creo que lo haga. Pero si, por circunstancias altamente improbables, tuviera que volver no dudaría en avisar a nuestro desventurado colega, en la seguridad de que, con su presencia, el resto estaríamos a salvo.

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