El gran desconocido, el anestesista

El Autor

Juan Manuel Córcoles

Jefe de Servicio de Cirugía Torácica

Detrás de un gran cirujano tiene que haber siempre un gran anestesista. Es esta unión la que hace realmente que la cirugía avance. Esto lo he podido comprobar con el paso de los años y cada vez estoy más convencido de ello.

Muchas veces, los pacientes cuando acaban su intervención, no se acuerdan del nombre del médico anestesista que les ha atendido, les ha dormido, ha controlado sus constantes, les ha dedicado las primeras palabras antes de inducirle el sueño y las primeras al despertarlo. El médico que ha cuidado de que no tuviera dolor, antes, durante y después del procedimiento quirúrgico.

CLINICA BAVIERA

El inicio de la historia de la anestesia como la conocemos hoy en día se podría fijar el 16 de octubre de 1846 en la sala de operaciones del mundialmente conocido Massachusetts General Hospital de Boston. Ese día, William Morton, usando éter durmió a un paciente que fue operado de un tumor en el cuello por el Dr. John Collins Warren sin sentir nada de dolor ante la atenta mirada de los médicos asistentes.

Unos meses antes, Horace Well, afamado odontólogo, asistió a un espectáculo ambulante que se anunciaba como “el gas hilarante” (en realidad era óxido nitroso), donde los espectadores aspiraban un gas y se desinhibían, se reían, bailaban para el deleite del resto. Uno de ellos se dio un golpe muy importante en la tibia y a pesar de sangrar, seguía riéndose como si nada. Horace Well le preguntó si sentía dolor y el señor contestó que si estaba de broma.

El Dr. Well probó consigo mismo el gas para que un colega le sacara una muela y no sintió dolor. Después lo probó unas quince veces en pacientes con idéntico resultado. Se fue a Boston y en 1845 hizo una demostración con el Dr. Warren de maestro de ceremonias. El resultado no pudo ser más desastroso. El voluntario que salió para sacarle la muela tras administrar el gas empezó a gritar de dolor, con la consiguiente carcajada general de los médicos asistentes a la demostración. El problema del óxido nitroso es que su efecto puede ser mucho menos importante en obesos y alcohólicos, como debía ser el voluntario, aunque en aquella época no se sabía. Finalmente Morton (que para más casualidad fue ayudante de Horace Well) se llevó el mérito un año después como ya hemos comentado.

Aunque resulte injusto adjudicar a una persona el mérito, esas pequeñas anécdotas desembocaron en el probablemente mayor logro de la cirugía, la anestesia. La anestesia ha permitido hacer cirugías de mayor duración y más complejas, reducir las complicaciones y la mortalidad.

Hoy en día somos capaces de operar a un paciente de un pulmón mientras respira por sí mismo, sin sentir dolor y que se pueda ir a casa en pocas horas o días. Se puede operar a un paciente de una hernia inguinal mientras habla o escucha música y a las pocas horas irse de alta. Se puede operar despierto del cerebro a un paciente mientras toca el violín. Tanto ha evolucionado la anestesia y lo que queda por venir.

Sirva este artículo de homenaje a nuestros compañeros anestesistas, para que los pacientes conozcan su labor, un homenaje a los que me enseñaron: Dr. Roca, Dra. Pérez, Dra. Rivera y los del equipo actual, la Dra. Ródenas, la Dra. Coves y el último en incorporarse al equipo, el Dr. Pintor. Sin vosotros nuestra labor es imposible.

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