Caminar es salud, ahora Ontalafia

El Autor

Rigoberto López Honrubia

Profesor de Psicología de la Salud en la Facultad de Enfermería. Crónicas de un caminante

Desde Albacete a Pozo Cañada y desde ahí por la carretera de Pozo Hondo hasta Abuzaderas. El objetivo es la sierra de Ontalafia y su punto geodésico (1.074 m). Aparcamos en el centro de Abuzaderas (874 m) y tras saludar a unos vecinos interesados por nuestro quehacer, salimos hacia Cerro Lobo.

Las casas están razonablemente bien conservadas, algunas de ellas graciosamente encaladas, y otras siguen guardadas por puertas y portadas de madera maciza. Algunos recuerdos de la adolescencia afloran y tal vez me sirven para identificar una casa donde vine invitado a una comunión con  mi amigo Paquillo. ¡Pero hace tanto! Nos sorprende un centro de interpretación antes de la ermita, y damos por hecho que el plato fuerte será Ontalafia y su biodiversidad, especialmente en aves.

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Seguimos por la carretera hasta Cerro Lobo de Abajo, el de Arriba nos queda una poco más lejos,  y tras realizar una pequeña excursión interna y hacernos un selfi, seguimos al sur  por un camino junto  a un pinar de árboles robustos y sanos, de un verde intenso, que crecen en un terreno arenoso y de guijarral. Pasamos por parajes como El Charcón, La Balsica, El Cuco o El Sestero del Pollo. En la vegetación de la zona, además del pino carrasco hay retama, romero, enebros, coscoja y carrascas. Y de nuevo los pisolitos asociados con pinos. Y algunas plantitas de gamones que empiezan a asomarse tímidamente.

La etapa tiene la novedad de destapar al senderista infiltrado, que además tiene raíces en esta zona ya que sus bisabuelos procedían de Cerro Lobo. O tal vez por eso ha expuesto su rodilla, aun un poco sensible. Pero su compañía nos ha alegrado, y más cuando en su mochila hemos descubierto una garnacha tintorera para el festejo del reinicio. ¡Bienvenido Querido Núñez!

Ahora giramos a la izquierda en el pinar hasta encontrara un precioso camino que nos sube hasta el campamento base para iniciar el asalto de Ontalafia. Es el tramo más duro de la etapa, pero una vez arriba, con la panorámica encontrada, nos olvidamos de las dificultades. Hace bruma y no podemos ver con claridad a lo lejos, aunque los habituales se muestran, Padrastro, La Albarda y el Roble,  y vamos clarificando otros más cercanos, Berrueco, Calzada, Navajuelos, Abenuj, Madroño, San Juan, Sabina, los Buhos, Campillo Doblas, Puerto Murciano. Y los pueblos, Chinchilla y Pozohondo.

Continuamos por la cuerda en dirección al punto geodésico, en una superficie muy estrecha y de piedra angulosa que exige de nuestra conciencia plena, aunque las vistas a uno y otro lado nos distraen, lo que provoca algún culatazo.  Corre un ligero  viento y empieza a refrescar. Solo una circunstancia nos contraria, una valla en el mismo espinazo de la sierra, fijada con masa de cemento y vientos a uno y otro lado para tensarla, que afea y complica el andar.

Llegando al pico, una zona con tierra oscura nos llama la atención, y encontramos restos de arcilla muy antigua, ¿tal vez una cueva?, insinúa Manu, y al momento descubrimos un abrigo, posiblemente donde se refugiaban en verano los antepasados. Al otro lado la seductora laguna vestida de carrizo, que nos paraliza ante ella, con la excusa de la merienda. Apenas unos filetes empanados sofritos con panceta y trufa blanca, agrios, blanco casero, y melón, regados con un poco de garnacha de Almansa. Un té verde calentito aviva las manos del frío que empieza a intensificar. Y una luna llena empieza a insinuarse encima de la laguna.

El sol se está escondiendo, y el más sensato de nosotros, en este momento, anima al reinicio de la marcha, y la búsqueda de sendas más fáciles hasta llegar al carril que nos devuelva a Abuzaderas. Vamos descendiendo poco a poco entre el pinar (319 m de desnivel) y deteniéndonos a cada poco para escudriñar entre las copas de los pinos a esta luna cada vez más rechoncha y animada. Ya abajo, cruzamos un barbecho henchido de agua de las últimas lluvias, en el que se clavan nuestros bastones con generosidad. Ahora, de nuevo en la carretera, cerrando bien las cremalleras y con esta presangrante luna por testigo, conversamos de la escasez de animales, de la salud de los pinos, de la iluminación de las pedanías, del biruji que entra por la ventana, del sinsentido de la privacidad de espacios tan singulares, y convenimos en  fijar la próxima etapa alrededor de una caña (El Manchego, sangre encebollada y oreja). Han sido casi 11 km, en tres horas y media en una ¡Excelente Compañía!

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