• Ayna nos da paso al Molar

    El Autor

    Rigoberto López Honrubia

    Profesor de Psicología de la Salud en la Facultad de Enfermería

    Bajamos las cuestas de Ayna y vemos el sidecar de Resines y Ciges aparcado en una curva, presagio de nuevos encuentros. Aparcamos al lado del banco ante la imposibilidad de continuar a la izquierda, reservado para los lugareños; a la vuelta lo notaremos, donde el nene nos dice que hemos subido 700 metros y bajado 650 metros y 12 kilómetros en 3.50 horas en movimiento. 

    Bajamos calle abajo y nos colamos por una de las vallas de los encierros, descendiendo hasta la huerta; seguimos a la derecha hasta cruzar el río (650 ms de altura) y buscamos la senda en el paraje de los Castillicos. A la derecha dejamos los Picorazos.

    Nos despistamos con las indicaciones del nene y subimos la montaña campo a través o por sendas de cabras que acceden a las zonas altas. Las vistas del pueblo y las huertas son estupendas, aunque a nuestra acompañante, que repite, le da un poco de miedo el mal estado de las angostas y escarpadas sendas.

     

    Volteamos un farallón y conseguimos salir de este primer valle y damos con la ruta buena que ahora  nos sube al collado, donde gira a la izquierda en dirección a la Fontezuela. Este primer tramo, de 150 metros de desnivel, nos lo ha puesto duro y nos ha hecho sudar, el bochorno era intenso y con poca sombra, pero al llegar al collado sopla un vientecito que agradecemos y, con un trago de agua y una onza de chocolate, nos olvidamos de todos los inconvenientes.

    Proseguimos, ahora sí, por una senda cómoda y con unas vistas envidiables. A las 5,30 decidimos que es la hora del té, blanco, y aprovechamos para descansar. Ya en la Fuentezuela salimos a una pista que nos lleva a las antenas y al camping del mismo nombre.

    La zona es fantástica pero el encuentro es desolador. El camping está abandonado (2010), todo arrancado, aunque quedan materiales e instalaciones que recuerdan su reciente esplendor. No comprendemos como algo así ha podido dejarse perder y no encontrarle una solución para su mantenimiento y utilidad. Allí, una pintada atribuida a Simón Bolívar recuerda que un pueblo ignorante es un instrumento ciego de su propia destrucción. Y parece acertada. 

    Desde aquí buscamos la cuerda que sobre piedras angulosas nos lleva a la cumbre del Molar (1155 m). Ahora disponemos de las mejores vistas circulares, valle del Segura y toda la serranía cuyos picos venimos subiendo desde hace meses. Algunas perspectivas han cambiado y vemos otras caras nuevas de la Albarda, Peña Tuerta, EL Roble, Peñarrubia, y tantos otros.

    El Villarón a tiro de piedra y a lo lejos, Montpichel, Mugrón, Arabí. Unos frutos secos y un par de mandarinas nos reconfortan. Deshacemos hasta la Fontezuela para coger la senda que muy bien trazada, 40 metros después, nos baja hasta el río por la Umbría y hasta El Otro Lado. Cruzamos el canal que va pegado a la montaña y se pierde en una boca del monte. Ahora la senda zigzaguea con un  empedrado de nota. La vegetación es monte mediterráneo abundando el pino, enebro, sabina, romero, tomillo, esparto, aliaga, jara, espliego, ajedrea, etc.

    Por el monte, en una cubierta verde y mullida, abundantes suillus variegatus, un tipo de boletus y laderando almendros y olivos; junto al río abundantes cañas, higueras, frutales, algunos caquis, granados, limoneros y, en los huertos, parras, calabazas y restos de tomateras encañadas que aún rojean. Unos paisanos cortan la hierba para sacar las patatas y nos impregna su olor. Varias andarinas se cruzan con nosotros con un toletole de vértigo. 

    Cruzamos nuevamente el río y seguimos a la izquierda hasta encontrarnos con los hombres que nacen de la tierra y las calabazas que saben escuchar y, ya de noche, después de un rebaño de cabras que pasta en un huerto, volvemos a subir, ahora por escaleras que nos dan la puntilla, como nos recuerdan tres mujeres que toman el fresco. Algunas terrazas de bar están ocupadas, y aunque dudamos, seguimos hasta el coche para quitarnos las botas e irnos al bar de Rafa en Alcadozo y  tomarnos las cervezas y un par de boletus a la plancha que la tarde nos ha obsequiado. Las amanitas y los champiñones silvestres están pero no en nuestro plato. Y terminamos con unos montaditos porque la etapa nos ha exprimido. 

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